En el nombre de Dios

En el nombre de Dios

Febrero 16, 2013 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

¿Qué significa la renuncia de Benedicto XVI para las multitudes que lo rodean y lo respetan pero no lo acatan? Un hombre de 86 años en un mundo joven, conservador en un mundo de costumbres liberales, intelectual en un mundo frívolo, teólogo en un mundo laico, sin carisma en un mundo mediático, rodeado de opulencia en un mundo pobre y de protocolos sinfín en un mundo informal. Con un mensaje expresado en términos complejos de respeto irrestricto a la ortodoxia católica romana, como le corresponde hacerlo, dirigido a católicos con criterios morales diferentes que parecerían contrariar sin remordimiento alguno cada uno de esos principios.Mucho de cuanto constituye la esencia misma de las libertades civiles en las sociedades democráticas va en contravía de las directivas papales, expedidas desde ese pequeño reducto del absolutismo político que es el Estado Vaticano: el derecho de la familia a planificar el número de sus hijos, de la mujer a suspender un embarazo indeseado, de las parejas a divorciarse y volverse a casar, de las minorías sexuales a ser tratadas en condiciones de igualdad frente a otros ciudadanos, de la ciencia a investigar los misterios de la genética, del Estado a dictar sus políticas sin interferencias religiosas. Dueña de la vida, de la muerte, del más allá; de la concepción a la tumba, la Iglesia Católica Romana, se refugia tras la coraza de su historia deslumbrante y pecaminosa, para erigirse en el centro del debate moral de la civilización occidental: la espiritualidad contra el materialismo y crea, con todo derecho, unos cánones de comportamiento que pocos están en condiciones de cumplir. Así se va quedando sola, sus iglesias vacías y su verdad intacta. Marcel Proust escribió en 1903 un opúsculo a raíz del intento del Gobierno francés de secularizar los sitios de culto. Lo tituló ‘La Muerte de las Catedrales’, para decir que lo que le daba vida a esos edificios de extraordinaria belleza construidos en la Edad Media era la fastuosidad de los ritos. Sin los recitativos en latín, el humo del incienso, las casullas bordadas, el oro de los ornamentos, el canto gregoriano, las catedrales se convertían en enormes navíos encallados. Agradece que no sea así y que en su tiempo todavía se celebren oficios como el del Sábado Santo, todo un espectáculo deslumbrante e incomparable. Era la mirada de un artista a quien se le olvidó decir que todo ese rito tenía en la Edad Media una razón de ser: la sintonía perfecta entre las creencias de los fieles y el mensaje pastoral. La promesa de la otra vida que se iba a parecer a esos grandes recintos de vitrales iluminados, distinta a ésta, corta y oscura. Esa conexión se ha perdido, puesto que el mundo ha cambiado pero la Iglesia ha permanecido igual. En apariencia seguida por las muchedumbres, en realidad sola. En apariencia remozada, con una presencia importante en los medios de comunicación, en realidad inmutable. Aceptando los instrumentos de la modernidad pero no sus principios. La renuncia del papa Benedicto XVI representa esa contradicción: el retiro inimaginable de un poder dueño de todos los símbolos de la grandeza, que reina pero no gobierna. ¿Es acaso el triunfo del materialismo el que lleva al Pontífice a retirarse a un convento a orar? Para el mundo occidental, cuya cultura fue construida alrededor del cristianismo, pero que se ha vuelto laico y descreído, la renuncia del Papa es uno de esos gestos grandiosos de impotencia que todavía pueden hacerse a nombre de Dios.

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