En blanco y negro

Junio 19, 2010 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

Hay varias maneras de presentar la segunda vuelta presidencial en Colombia. Y todas son formas de reducir problemas muy complejos a enfrentamientos radicales de fuerzas opuestas: entre una manera vieja y nueva de hacer política; entre la continuidad y la renovación; entre el país tradicional y el moderno; entre el pragmatismo político y la ética pública; entre la maquinaria y la opinión; entre malos y buenos. Es decir, entre los partidarios de Juan Manuel Santos y Antanas Mockus, respectivamente, como si fuera un episodio revivido de la lucha entre el Arcángel Lucifer y San Miguel Arcángel. Para ninguna de esas posiciones faltan argumentos porque en lógica no hay nada más socorrido que el reduccionismo, pero en todas ellas hay un tono falso por la simple razón de que la vida, que es tan injusta, nunca es en blanco y negro. Y la elección tiene un terreno mucho más prosaico que el Reino de los Cielos.Lo que va a suceder mañana, que es una profecía segura, no es tan importante como sus consecuencias. Lo principal es que el poderoso movimiento de opinión pasa a la segunda vuelta sin posibilidades de ganarla, de hecho ya ha ganado la partida, porque gracias a él, el nuevo Presidente de la República va a encontrar un país muy distinto al de su predecesor, con todas las alertas prendidas sobre el manejo de lo público, con poco margen para tolerar abusos de poder y con la certeza de que su elección implica una revisión a fondo de una manera de hacer política en la cual la solución de los conflictos civiles armados rompieron los diques de la ética pública.Lo segundo es que la invitación a la formación de un Gobierno de Unidad Nacional, que adquiere dimensión después de las elecciones, significa un viraje enorme en la manera autoritaria como se ha ejercido el Poder Ejecutivo en los últimos ocho años. La formación de una coalición de gobierno, que no es impuesta por urgencias electorales sino una oferta basada en una cómoda mayoría, implica no sólo una integración de programas entre distintos partidos, sino que a través de la conformación del gabinete presidencial es una oportunidad para dinamizar y dignificar la política. ¿Qué tal un gabinete del cual hagan parte los candidatos presidenciales o vicepresidenciales que se incorporen a la coalición, sobre los cuales ha habido tantos elogios y tanto reconocimiento popular? Lo tercero es que hay que saber perder. Resulta ingenuo dividir a la Nación entre malos y buenos, entre el clientelismo y la meritocracia, entre insobornables y venales, y atribuirle todas las virtudes a un grupo y todos los vicios al otro, sólo porque es políticamente correcto hacer parte de los primeros, que políticamente son los menos. Es una mezcolanza entre principios éticos y políticos, que termina concibiendo la política como una especie de culto religioso y no como lo que es: un acuerdo entre mundanos intereses encontrados, que hay que realizar con respeto absoluto de la ética pública.Lo último, pero no lo menos importante, lo aporta el tío Baltasar, quien dice que en el fondo la elección presidencial, separada de la elección parlamentaria como está, es un concurso bastante accidentado e independiente de la política partidista, para encontrar entre pocas personas capacitadas al candidato más experimentado, con mejor formación política, con mayor habilidad para sortear crisis, con mejor criterio de estadista. Y añade que tiene la sospecha de que en este caso la opinión pública y el país político, acertarán.

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