El Tigre

Noviembre 09, 2013 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

A la cabeza de Carlos de Hasburgo-Lorena había ido a parar la corona del Imperio Austro-Húngaro, tinta en sangre. El príncipe heredero Rodolfo, hijo del Emperador Francisco José, se había suicidado por amor; el nuevo heredero Francisco Fernando, casado morganáticamente, había sido asesinado con su esposa en Sarajevo. De 29 años, Carlos I recibía la corona de su tío abuelo el Emperador, muerto en 1916. Heredaba un imperio que se caía a pedazos. Su única salvación era sacar a Austria de la Primera Guerra Mundial, negociando unilateralmente con Francia, a espaldas de Alemania, su aliado. Las negociaciones se hicieron entre Sixto de Borbón-Parma, primo del Emperador y el gobierno francés, presidido por George Clemenceau. Era un negocio entre una Francia triunfante, que no lo veía con buenos ojos, y un imperio al borde del colapso. Pero al Conde Czernin, ministro de relaciones exteriores de Austria se le ocurrió decir que Francia estaba mendigando la paz a los austriacos. Clemenceau que quería una derrota total hizo públicas las conversaciones secretas. La negociación fracasó. Como resultado la guerra terminó en el armisticio de Compiègne el 11 de noviembre de 1918, muchos muertos después. La historia ha sido generosa con Clemenceau, El Tigre, artífice de la victoria. Pero en nuestros días muchos consideran que su actitud guerrerista y revanchista contra Alemania hizo mucho daño. Su lema “La guerra hasta el fin” (La guerre jusqu'à bout) produjo el fracaso de las negociaciones con Austria y el establecimiento de unas condiciones humillantes para Alemania, que terminarían por desencadenar la II Guerra Mundial. Era el abanderado de la victoria total, el azote de los pacifistas desde la prensa y desde el poder, el vengador de la derrota de la guerra franco-prusiana de 1870 que había terminado con la pérdida de Alsacia y Lorena a manos de Prusia y con la proclamación del Imperio Alemán, humillación suprema, en la galería de los espejos del Palacio de Versalles. El armisticio de Compiègne era la apoteosis de la venganza. El Emperador Carlos I por su parte, terminó sus días en Madeira, su imperio desaparecido. Juan Pablo II lo beatificó por sus aportes frustrados a la paz y su piedad. La lección, si hay alguna, es que la historia trata mejor a los guerreristas victoriosos que a los pacifistas derrotados (recuérdese Churchill y Chamberlain). Pero, también puede ser que la decisión de buscar la paz, en medio del conflicto, puede salvar muchas vidas y evitar muchos daños. El caso de Colombia ofrece situaciones similares. La actitud guerrerista de un líder político importante como Álvaro Uribe Vélez, alienta los deseos de venganza de todas las humillaciones y las penas a que la subversión política ha sometido a la Nación y a sus ciudadanos; salva la cara de la República ante la comunidad internacional con una victoria total contra el terrorismo; demuestra que los valores de la democracia participativa son superiores a los de los regímenes totalitarios. Talla Uribe su puesto en la historia si es capaz de ganar las elecciones y la guerra. Nuestro tigre. ¿Pero a qué precio, por cuántos años más de desangre nacional? Al menos el fin de la I Guerra Mundial era cuestión de poco tiempo. La nuestra es para largo si sigue como va. ¿Cómo no va a ser valioso buscar un acuerdo de paz, en medio de un conflicto sin fin? ¿Cómo no darle una oportunidad a la paz si existe una voluntad para hacerla? El beato Carlos I de Austria debería ser el patrón de esa causa.

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