El Sueño del Celta

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El sueño de Roger Casement es un delirio febril que no se...

El Sueño del Celta

Enero 08, 2011 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

El sueño de Roger Casement es un delirio febril que no se compadece de su trayectoria heroica de defensor de los nativos del Congo Belga y el Putumayo contra los abusos de los caucheros, que le ha valido fama internacional y un título nobiliario del gobierno británico, del cual es cónsul. El sueño de una Irlanda libre e independiente de Inglaterra, termina en la locura de apoyar la idea de una invasión alemana a Irlanda, durante la Primera Guerra Mundial, invasión que nunca se produce, pero que lo coloca en el sitial de los traidores ante los ojos del gobierno que lo ha ennoblecido. Casement es ejecutado el 3 de agosto de 1916, acusado de haber sido promotor del alzamiento de pascua de ese año, que ensangrentó las calles de Dublín, hecho contra su voluntad y sin ayuda alemana. Muere deshonrado y desprestigiado, porque no conviene ejecutar a un héroe. Olvidado. Pero de las inmolaciones de ese día, que parecen un sacrificio religioso, surge la Irlanda de hoy. Alguien que decidió recordarlo fue Mario Vargas Llosa, en una novela biográfica, producto de una minuciosa reconstrucción de hechos, sitios y fechas, que lo llevó por tres continentes, tras de la vida aventurera de Casement. ‘El Sueño del Celta’ es un formidable trabajo de investigación, escrito con el ritmo preciso de una novela de acción, que va desde los archivos del Rey Leopoldo II de Bélgica hasta los de la Casa Arana en el Perú; que husmea en los diarios negros de Casement, de dudosa autenticidad, donde, en caso de ser verdaderos, no se sabe si éste registró sus sórdidas aventuras con jóvenes nativos o lo que le hubiera gustado que le pasara con esos cuerpos cuya belleza adivinaba bajo capas y capas de servidumbre y abuso. Ese elemento de incertidumbre sobre las razones que llevaron a Roger Casement a convertirse en denunciante y defensor de los negros africanos y los indígenas peruanos, esclavizados a nombre de la civilización, sobre su comportamiento personal, sus frustraciones y sus ideales, es lo que le permite a Vargas Llosa construir una novela, más que una biografía.Lo que le da el carácter novelesco a la obra no es la bien documentada vida aventurera del protagonista, sino la posibilidad de crear con ella un personaje de ficción, atrapado en las dis-yuntivas políticas y morales de su tiempo. Pero es al mismo tiempo una valiente denuncia de los más espantosos abusos del colonialismo; de los extremos a que puede llegar la explotación humana; y sobre todo, de la manera como una sociedad donde no existen reglas morales y controles judiciales, puede llegar a ser absolutamente totalitaria, en el sentido de que las personas quedan por completo a merced de quien ejerce el poder. Nunca se sabrá si fueron esas denuncias o el auge del caucho en manos británicas en sus colonias asiáticas, lo que dio al traste con la Peruvian Amazon Company, que era el nombre inglés de la Casa Arana. Pero mucho ayudaron. A la Casa Arana, se la tragó la selva, pero don Julio César Arana, fue hasta su muerte casi un prócer peruano defensor de las fronteras nacionales con la pujanza de su industria. Imposible no recordar a ese otro personaje que se tragó la selva: Arturo Cova, protagonista de ‘La Vorágine’ de José Eustasio Rivera, escrita para denunciar los abusos de la Casa Arana. Nuestro Casement. Al final, todo queda: la selva recuperando sus dominios, devorando con un sonido audible los rastros de la infamia, y la misma desoladora explotación humana, con otros nombres.

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