El Río de los Muertos

Junio 13, 2015 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

La música fluye de una manera triste. No hay una riqueza melódica en ese transcurrir sino un bajo continuo, marcado por el ritmo poderoso de los instrumentos de percusión para crear en ese fluir y en ese estruendo, la imagen poderosa de una corriente que arrastra todas las miserias de la guerra colombiana. El Río de los Muertos es el oratorio compuesto por Alberto Guzmán Naranjo, con libreto de Ana Mercedes Vivas, que incluye poemas de diversos autores nacionales, estrenado el pasado 4 de junio por la Orquesta Filarmónica de Cali, el coro de la Escuela de Música de la Universidad del Valle, y los solistas Karolyn Rosero, soprano y Marcelo Gómez, barítono, bajo la dirección del compositor. Un espectáculo memorable por ser el resultado de un enorme equipo de trabajo, de gran calidad musical, surgido y formado en nuestra tierra, que toca el alma de la Nación herida por una violencia sorda, sanguinaria, desalmada, las voces de cuyas víctimas se escuchan en las plegarias del coro, en el canto dolido de los solistas, en el testimonio histórico del narrador. De lo que se habla es de asuntos tan terribles como las matanzas de Trujillo, El Salado y Vigía del Fuerte, y de los cadáveres descuartizados que bajan por los ríos, sin la dignidad de un nombre. El Miedo, la Muerte, el Regreso y la Esperanza, son las partes de esa composición. En el Miedo, el coro canta: “Llegaron flotando por el río: eran los NN de la guerra, de los que nadie quería hablar los que no reclamaba nadie… Un pájaro en vuelo cruza el río, atraviesa el cementerio y canta sus nombres para siempre…” Y el solista lanza su imprecación: “En los caminos muerte. En las esquinas miedo. La huella de los que se fueron es nuestra única brújula. Millones de caminantes solitarios, perdidos, preguntándonos por qué somos una y otra vez los elegidos de la muerte”.En la Muerte, la solista llora: “Fui la niña a la que una tempestad de arena y metralla le dejó las manos vacías de las manos de su padre”. Y el coro le contesta: “Habría que llorar desesperadamente”. En el Regreso y la Esperanza, la voz de Matilde Espinosa: “Que descansen en paz si paz hubiera. Que no vuelva el espectro de sus nombres a remover cenizas en la tarde… Que devuelvan los aires la esperanza perdida y el mismo sol agónico en la sombra vuelva al calor de la violada entraña”. El oratorio como género musical tiene un origen eclesiático, para narrar episodios bíblicos con instrumentación, solistas y coro, formado por los fieles. Evolucionó hacía temas no religiosos en la cultura protestante y casi como un género protesta modernamente. Pero mantiene esas cadencias religiosas de sus orígenes, esos aires de plegaria al altísimo en medio de la desesperanza: el puño levantado no sólo para preguntar por qué sino también para reclamar el regreso de la luz. De la paz.Todo ese dolor de las gentes de los campos colombianos, humildes, sacrificadas en los fuegos cruzados; convertido en una oración cadenciosa, torrentosa, marcada por los timbales, trastocada al lenguaje de la música aferrada a la poesía: música y palabras para abrir una herida falsamente cicatrizada por la indiferencia, que está allí sangrando, fluyendo como un río. Un canto fúnebre que termina en una explosión de sonidos esperanzadores de un nuevo amanecer. Debería volverse a presentar, ante sus protagonistas, el día que se firme un acuerdo de paz en Colombia.

VER COMENTARIOS
Columnistas