El que mucho abarca

El que mucho abarca

Mayo 19, 2012 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

Detrás de la crisis europea que arrastra tras de sí gobiernos de todas las tendencias políticas, los socialistas de Zapatero y Papandreu en España y Grecia, el derechista de Sarkozy en Francia, está la existencia desde 1999 de la moneda común europea, cuyos 11 primeros miembros, ya de por sí diversos, fue ampliándose a economías aún menos sólidas. La sola enumeración de los actuales 17 países cuya política monetaria está controlada por el Banco Central Europeo, muestra cómo son de diferentes en tamaño, población, fortaleza económica y estabilidad política: Alemania, Austria, Bélgica, Chipre, Eslovaquia, Eslovenia, España, Estonia, Finlandia, Francia, Grecia, Irlanda, Italia, Luxemburgo, Malta, Países Bajos y Portugal. Ello sin contar con los que están en lista de espera, ahora quién sabe por cuánto tiempo: Bulgaria, Polonia, Hungría, Rumania, República Checa, Letonia, Lituania, Suecia, Dinamarca. Como era de esperarse el atiborrado costal se ha venido descosiendo por sus partes más débiles, Portugal, Irlanda, Grecia. Con resultados impredecibles para el conjunto de las economías, porque una vez adentro de la zona es casi imposible salirse, sin derrumbar el edificio.Se podría aventurar la hipótesis de que existe una contradicción insuperable en el origen mismo de la idea de la moneda única y es que la soberanía monetaria es de la esencia de la soberanía política y no se puede renunciar a la primera con la pretensión de mantener la segunda. Al perder la soberanía monetaria a manos del Banco Central Europeo, los países, con economías altamente dependientes entre ellos, pierden el instrumento esencial para equilibrar sus finanzas que es la fijación del precio de su moneda con respecto a sus socios comerciales. Sus economías agobiadas por gastos producidos por decisiones políticas de gobiernos que dependen de ellas para permanecer en el poder, no pueden enjugar sus déficit a través de la devaluación sino por medio del endeudamiento en euros, en tales proporciones que su declaratoria de quiebra arrastraría consigo a sus acreedores, que son principalmente sus mismos socios en la zona del euro. O restringiendo sus gastos de tal manera que acaban por producir enormes protestas populares. Así que todos, poderosos y débiles, de primera y de tercera clase, están en el mismo barco, que empieza a parecerse peligrosamente al Titanic.Los requisitos para hacer parte de la zona del euro fueron tremendamente exigentes, en especial en lo referente a la estabilidad fiscal. Todos los cumplieron para entrar y juraron sobre su sangre mantenerlos. Casi nadie lo ha hecho. Y casi nadie podía hacerlo. Mientras la dinámica de la Unión Europea tendía a que todos sus miembros tuvieran una moneda común. Un error monumental que ahora se pone en evidencia, porque la moneda común implica tener una disciplina social que no ha existido en la turbulenta historia europea, que se ha confundido tantas veces con la historia del mundo, cuando se ha tratado en realidad de enfrentamientos internos. Donde siguen mandando e imponiendo sus condiciones los poderosos, como lo sabe la señora Merkel, que quiere honrar los compromisos iniciales como el precio que hay que pagar por la supervivencia, y lo sabe el señor Hollande, que quiere poner fin a la austeridad pensando que un aumento en el gasto echaría a andar de nuevo la pesada maquinaria; ambos acaban de encontrarse por primera vez en esquinas opuestas pero conscientes de que la fiesta terminó y de que el que mucho abarca poco aprieta.

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