El naufragio del Increíble

El naufragio del Increíble

Enero 26, 2018 - 11:40 p.m. Por: Óscar López Pulecio

De pronto empiezan a salir del fondo del mar los objetos más maravillosos cubiertos de algas y corales. Estatuas griegas y egipcias, monstruos de tres cabezas, cráneos de elefantes. Y oro. Monedas, platos, animales sagrados que brillan a la luz del mediterráneo 2000 años después del naufragio del Increíble, Apistos en griego, el enorme barco de Cif Amotan II, un esclavo enriquecido fabulosamente cuya colección de antigüedades viajaba en las bodegas con destino a un templo dedicado al sol y naufragó en medio de una tormenta.

Y todo eso, la costosa expedición, su financiación, el descubrimiento y el rescate de las piezas por el equipo de buzos, su exhibición en dos palacios venecianos, es una invención. Una maravillosa invención de un artista osado, millonario, de extraña originalidad, en contravía de las corrientes dominantes del arte moderno: Damien Hirst. Cif Amotan II resulta ser un anagrama de I am fiction (soy una ficción) como el arte mismo que es un artilugio, un espejismo, la manera caprichosa como la imaginación se expresa. Tesoros del Naufragio del Increíble, se llama la exhibición. Y lo que rescata es la fantasía, la imaginación desbordada, el surrealismo chic: Dalí mezclado con Gianni Versace.

Hirst hace a la vez una burla del arte contemporáneo y un homenaje al antiguo, de gran belleza, aun cubierto por la flora marina. Diez años y 60 millones de dólares cuesta ese montaje. Dos palacios de Venecia, el Palazzo Grassi y la Punta della Dogana, ambos de propiedad de Francois Pinaut, heredero de un imperio de lujo, rico como Creso y esposo de Salma Hayeck, albergaron la exhibición casi todo el año pasado. En enero de 2018 Netflix estrenó la película que documenta el rescate, enteramente verosímil en su tremenda falsedad. Arte para la época de la Posverdad, la llamó un crítico. Fake Art se diría también.

¿Y qué es todo aquello? Para un conocedor del arte contemporáneo, con sus manías conceptuales, su monumentalidad, su sustento de alta tecnología, su minimalismo, es imposible no ver allí una apoteosis de lo kitsh, algo vulgar y pretencioso, figuras copiadas de la antigüedad clásica, mitología revivida y cubierta de adornos superfluos. Pero es casi imposible no maravillarse ante la espectacularidad de la aventura y sus resultados. En el patio interior del Palazzo Grassi un monstruo sin cabeza de 12 metros de altura hecho con resina, in situ, se yergue imponente, mientras su cabeza monumental yace a la entrada. Al exterior, una serpiente enorme se enrosca en un caballo y su jinete, a la manera de Lacoonte y sus Hijos. De noche en un remolque de hierro las figuras de mármol de Carrara recorrieron el gran canal como una invasión de bárbaros para llega a su destino.

En el fondo lo que protagoniza Hirst es un retorno al figurativismo en el arte. Sus obras más notorias, un tiburón conservado en formaldehido, una vaca cortada en tajadas con todo sus órganos a la vista y una carne podrida llena de moscas, son llamados un tanto extravagantes a la realidad, que suponemos no es abstracta, ni conceptual, sino groseramente materialista. O muy bella, siempre nutriéndose del pasado artístico, que no era tan chocante como el presente. Es de verdad como si se hubiera encontrado un tesoro en el fondo del mar, que nos recuerda que hay otra forma de ver las cosas, burla burlando, para volver a las raíces.

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