El lobo drogado

El lobo drogado

Febrero 08, 2014 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

La crítica cinematográfica no cesa sus elogios sobre la última película de Martin Scorsese, El Lobo de Wall Street, que consideran su mejor obra desde Toro Salvaje. Igual número de elogios ha recibido Leonardo DiCaprio en su papel de Jordan Belfort, el corredor de bolsa cuyo ascenso y caída es una lección de cómo obtener dinero fácil a través del fraude. Inspirada en la autobiografía de Belfort, la película es una comedia negra, extravagante, caricaturesca, que recrea en un ritmo endemoniado la dinámica de enriquecimiento que nace de la simple manipulación de papeles de bolsa, trabajo amoral que somete a quienes lo realizan a una presión tal que solo puede sostenerse con el gratificante apoyo del sexo y las drogas, sin limitaciones.Otras películas se han hecho sobre Wall Street, especialmente después del Lunes Negro de octubre de 1987 cuando la bolsas de todo el mundo se desplomaron, para decir lo mismo: que la manipulación de los precios de las acciones, la negociación de papeles cuyo valor es puramente nominal, es una forma de corrupción, inspirada en la codicia, que carcome el corazón mismo del capitalismo. Y que la codicia mata. Buena suerte le depara a la obra de Scorsese en la taquilla y en el reparto de premios, pero lo que resulta interesante para un espectador colombiano, es que esta y muchas otras películas que narran la vida dura, competitiva, marcada por la ambición, sumergida en el consumismo, aparentemente próspera y feliz de los norteamericanos de altos ingresos, es una muestra de que el consumo de drogas estimulantes, sobre todo de cocaína, se ha convertido en un rasgo cultural, en un elemento indispensable de la vida diaria, en un aliciente inevitable para continuar persiguiendo el sueño americano.Si la cocaína y las drogas sintéticas son de hecho parte de la canasta familiar de parte de los trabajadores norteamericanos, en las grandes ciudades, porque a palo seco no pueden con todas las exigencias que les hace la sociedad, ¿cuál es entonces el propósito último de su Gobierno de perseguir su consumo como si fuera la peste negra? Ni las estadísticas, ni ese gran espejo cultural que es el cine norteamericano, tan descarnado en mostrar las miserias propias de su sociedad, parecen mentir sobre esa realidad. Los países productores de cocaína, Colombia el más nombrado entre ellos cada que hay alguna referencia al origen de la droga que se están metiendo los estadounidenses por las narices, ven con asombro cómo esa lucha interna se está perdiendo en las exigentes oficinas, en las fiestas de fin de semana, en el opulento despliegue de su decadencia, y como si fuera poco también entre los marginados de esa rueda de la fortuna, que se consuelan de la misma manera por no pertenecer a ella.Toda esa sangre derramada, todo ese dinero perdido en controlar la oferta de los países productores, en impedir el acceso a las drogas a una población que las necesita para sobrevivir, que no hace sobre su uso ningún juicio moral, que la considera una fuente de energía para seguir buscando su quimera de oro, que tiene dinero para pagarla no importa cuál sea su precio. Y sobre todo, que ha creado una cultura de aprobación social sobre su uso. El lobo de Wall Street es la otra cara del sueño americano, su pesadilla: un animal drogado que lastimosamente es también un símbolo de la futilidad de la guerra que se libra entre nosotros.

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