El lado más oscuro

El lado más oscuro

Febrero 23, 2018 - 11:40 p.m. Por: Óscar López Pulecio

Toda historia puede contarse desde su lado más oscuro. Pero algunas se prestan más que otras dada una cierta fascinación sobre los grandes errores o las grandes debilidades de vidas que al final se juzgan exitosas. La de Winston Churchill es una de ellas. Está de moda Sir Winston por dos estupendas películas de 2017: ‘Churchill’ dirigida por Jonathan Teplitzky y ‘La hora más obscura’ (Darkest Hour) dirigida por Joe Wright. Más su presencia en la serie de televisión ‘La corona’ (The Crown) sobre Isabel II. En todas ellas grandes actores ingleses interpretan al viejo gruñón y alcohólico que es ahora el Primer Ministro del Reino.

Cuando llega a ese cargo en 1940, Churchill tiene 66 años y se le considera una figura incómoda del Partido Conservador, del cual se ha ido y vuelto, con una historia llena de fracasos. El nieto del Duque de Marlborough, cuyo padre Lord Randolph ha muerto de sífilis y cuya madre, Jenny Jerome, heredera norteamericana, ha sido poco menos que una cortesana. Una sombra del pasado imperial que se derrumba y al cual él se aferra. Su récord político es un desastre.

Se le considera responsable de la masacre de las tropas británicas en el desembarco de Gallípoli en 1915 contra las baterías del Imperio Otomano entrenadas por los alemanes: 50.000 muertos franceses y británicos, incluyendo 9.000 de las tropas australianas y neozelandezas, Anzac, acribilladas en la playa, en un error militar que él atribuye a la incompetencia de los generales.

El fracaso de Dardanelos le cuesta la ignominia pública y su retiro como Primer Lord del Almirantazgo del gobierno liberal de Asquith, cargo al cual vuelve en el gobierno conservador de Baldwin, cuando Hitler, sobre cuyo peligro ha hecho solitarias y elocuentes advertencias, ya es imparable.

En el entretanto ha sido el peor Ministro de Hacienda de que se tenga noticia, según sus propias palabras, al tratar de volver la libra esterlina al patrón oro; se ha opuesto de pies y manos a la inevitable independencia de la India, dos acciones imperialistas; y ha defendido el derecho del rey Eduardo VIII a casarse con la señora Simpson. No hay nadie más impopular en la política ni nadie más indispensable cuando llega el momento de la verdad.

Vive entonces su hora más brillante, aunque la procesión va por dentro: ríos de whisky y brandy, para vencer el temor de repetir en el desembarco Normandía la matanza de Gallípoli, ruegos desesperados de ayuda a Franklin Roosevelt, quien se resiste a entrar en la guerra hasta el ataque japonés a Pearl Harbor, cuando Inglaterra está agotada; dudas sobre la destrucción de Alemania que entregaría Europa central a la Unión Soviética, como efectivamente sucedió; y la desaparición del Imperio Británico, que es como arrancarle el corazón.

Roosevelt, Stalin y Churchill se reúnen en Yalta en febrero de 1945 para trazar el nuevo mapa político de Europa que confirma todos sus temores. Es el más pequeño de los tres grandes sin mayor poder de negociación frente a Stalin que devora media Europa y Rooselvelt a quien no desvela la suerte del Imperio Británico. Cuando las tres potencias vuelven a reunirse en Postdam en noviembre de 1945, Roosevelt ha muerto y Churchill ha perdido las elecciones, su último trago amargo. Vuelve al poder en 1955 a los 81 años, bordeando la senilidad. El último homenaje de pueblo inglés a esa saga de largas sombras que hoy se revive.

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