El intermedio

El intermedio

Febrero 09, 2013 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

Sobre las relaciones entre la política nacional, que calienta motores para la elección presidencial del 2014, y las conversaciones de paz en La Habana, se pueden decir tres cosas. La primera es muy evidente: que la coexistencia de conversaciones de paz con la campaña electoral por la Presidencia, especialmente si el Presidente es candidato, como es casi seguro, haría de esas conversaciones un tema central de la campaña politizando y perjudicando en alto grado tanto la campaña como las conversaciones. Le daría a la oposición, nacida del propio partido de gobierno en cabeza del expresidente Álvaro Uribe, quien no se siente representado como quisiera por su sucesor, un argumento central para conseguir votos en la denuncia de la violación del principio gestor de la Seguridad Democrática, que era y sigue siendo la derrota militar de la guerrilla, asimilada a un movimiento terrorista.La segunda es que las conversaciones de paz no se pueden condicionar al calendario electoral, puesto que es un proceso que tiene otros ritmos y otros tiempos. Después de medio siglo de combates intestinos que han desangrado el campo colombiano resulta un tanto ilusorio que se puedan cumplir los plazos establecidos por el propio Presidente de la República, precisamente para evitar que el eventual anuncio de su candidatura a la reelección se produzca cuando aún no ha habido acuerdo en un proceso en el cual “nada está acordado hasta que todo esté acordado”. Y la tercera y más importante, es que la oportunidad de llegar a un acuerdo es mayor que en cualquier otro proceso similar en el pasado, dada la situación militar de las partes: unas Fuerzas Armadas fortalecidas con control territorial y unas Farc con capacidad militar disminuida, arrinconadas en la Colombia rural profunda y una agenda negociable que no implica un cambio sustancial del modelo económico o político. ¿Qué hacer entonces? ¿Cómo proteger el proceso y normalizar el debate presidencial?La solución no es otra que suspender las conversaciones por el tiempo que dure la campaña presidencial y reanudarlas cuando haya un presidente electo, que sin ser adivino, conocidos los posibles candidatos, podría predecirse que va a ser el mismo presidente Santos. Ese intermedio podría utilizarse para revisar los avances logrados y preparar la continuidad de los diálogos bien sea sobre el sector agropecuario, si no ha habido un acuerdo sobre él, o sobre la participación política de la insurgencia desmovilizada, que sería de lejos el principal logro de ese proceso, y que no tendría sentido discutirlo en medio de una contienda electoral. De este modo se protegería el proceso, el cual se ha surtido hasta ahora dentro de las reglas establecidas, se continuaría sin acuerdo bilateral de cese al fuego y se adelantaría la campaña presidencial sin presiones indebidas y sin que se convierta, sin serlo, en la aparente primera necesidad nacional. El tío Baltasar dice que no se necesita ser un avezado jugador de poker para entender que el presidente Santos no le va a dar al expresidente Uribe la gabela de un proceso de paz sin resultados en medio de una campaña presidencial, pero tampoco el gusto de acabarlo. Así que de pronto lo que va a producirse es ese intermedio de reflexión y prudencia en la solución de un asunto que requiere tiempo y paciencia, donde no está demás poner en suspensión animada la bandera más importante de la figura más destacada de la oposición política.

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