El ganador se lleva todo

Marzo 17, 2012 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

En tres oportunidades, 1876, 1888 y 2000, fue designado por el Colegio Electoral como Presidente de Estados Unidos, una persona que no había ganado el voto popular. La razón de ese absurdo en el país que reinventó la democracia se debe a las particularidades de su complejo sistema electoral. James Madison, llamado padre de la Constitución de 1787, explicaba el curioso mecanismo de elección presidencial diciendo que la Constitución era una mezcla de gobierno de los Estados y del pueblo, que se expresaba en la elección de la Cámara de Representante, basada en la población de cada Estado, y en la del Senado, que tenía dos senadores por Estado, lo cual llevaba a que la elección del Presidente, que era el ejecutivo de una federación de Estados independientes, fuera resultado de una mezcla de los dos criterios: elegido por un colegio electoral formado por representantes de los Estados.Como consecuencia, el Presidente de Estados Unidos hoy en día es elegido por un Colegio Electoral formado por 538 miembros que es un número igual a la suma de los actuales 435 Representantes, los 100 senadores de los 50 Estados y las 3 personas que representan el Distrito de Columbia, que aunque no elija congresistas, tiene derecho a tener un número de compromisarios igual al del Estado que menos tenga. Así las cosas para ser elegido Presidente se necesita la mitad más uno de los votos o sea 270. El problema que renace en cada elección, como las golondrinas cada verano, es que quien gana la elección estatal, se lleva todos los compromisarios de su Estado, así pierda por un voto, con excepción de los pequeños estados de Nebraska y Maine que los reparten proporcionalmente, como debiera ser. De modo que la única manera de ser elegido Presidente es ganar los estados con mayor población y por tanto con mayor número de compromisarios. La clave de la elección presidencial norteamericana es que esos Estados grandes se dividen en dos clases. De una parte, California y New York, que siempre votan por el candidato demócrata y que juntos tienen 84 votos, con Texas que tiene 38 votos y siempre vota por el candidato republicano; y de otra parte los estados indecisos (swing states) que votan según la marea política, Pennsylvania, Ohio y Florida, que juntos tienen 67 votos. Los candidatos a la presidencia tienen que concentrase entonces en ganar esos 67 votos que marcan la diferencia y que alternativamente a través de los años han votado demócrata o republicano. No hay que olvidar que en la elección del 2000, por decisión de la Corte Suprema, los votos de Florida le dieron el triunfo a George W. Bush, por un margen ridículo, aun cuando Al Gore había ganado el voto popular nacional.Los defensores del sistema recogen el argumento de Madison, creen que favorece a los pequeños estados, a las áreas rurales y a los grupos minoritarios, especialmente los más conservadores, que perderían influencia con el voto universal directo, pero sobre todo que fortalece el sistema bipartidista que es clave para la estabilidad política norteamericana. Quienes quieren cambiarlo simplemente piensan que es arcaico. Sin embargo, con ese esquema se hará la elección del próximo noviembre, donde el mundo volverá a poner los ojos en Pennsylvania, Ohio y Florida, que son en últimas quienes deciden quién va a ser el Presidente de los Estados Unidos, elecciones cuyo candidato republicano está siendo escogido en otro proceso todavía más largo y complicado que tocará explicar otro día.

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