El dueño del mundo

El dueño del mundo

Marzo 23, 2018 - 11:40 p.m. Por: Óscar López Pulecio

Un niño pobre, huérfano, de una población rural perdida en la inmensidad del mapa, puede llegar a ser el dueño del mundo. Son las bromas que le juega la política a los poderosos de siempre. Una lección para los hijos de padres ordinarios con grandes expectativas: tú también puedes llegar a ser Presidente de los Estados Unidos de América.

Bill Clinton nace en Hope un villorrio de Arkansas, que es un estado provinciano, pequeño, sureño, protestante, conservador, racista. Él es un niño blanco que ha aprendido en la tienda de su abuelo que todos los hombres tienen los mismos derechos sin importar el color de la piel. Brillante abogado y ambicioso político, creyente en Dios, llega becado a Georgetown University, en Washington, y a Oxford, en Inglaterra. La política es su trabajo y su vocación. Una cruzada donde él mismo es el Santo Grial que va construyendo a grandes pasos en las escalas del Partido Demócrata, saltándose los escalones.

Dos cosas hacen posible ese ascenso: una agenda progresista que pone de relieve las desigualdades de su país de oportunidades, que expresa en cuanto foro le es permitido como gobernador de Arkansas, a donde llega para quedarse, y la sólida estructura del Partido Demócrata, que hace posible tejer la cadena de acuerdos y lealtades que lo lleva finalmente a la Casa Blanca. Una lección para los políticos: para llegar al poder necesitas una agenda pero también un partido.

No hay nada más parecido a ser el dueño de mundo que el ejercicio de la Presidencia de los Estados Unidos de América. Todo lo que sucede en el Planeta es de su competencia. Un poder militar, económico, político, sin rivales, que ejerce sin ser un imperio territorial, a punta de comercio y portaviones.

Elegido en 1992 derrotando al presidente George H. Bush, asunto que el Partido Republicano jamás le perdona, es reelegido en 1996 frente a Bob Dole. En 2000 cuando entrega el poder a Bush hijo, en la extraña elección en la cual derrota a Al Gore, que él juzga un abuso de poder, decide escribir un libro sobre su vida, ayudado por un grupo de investigadores.

Publicado en 2004, es un voluminoso y detallado relato de su vida desde su nacimiento hasta el fin de su presidencia. 1000 páginas llenas de detalles un tanto abrumadores puesto que es la reconstrucción de su agenda cotidiana como Presidente, que en su conjunto da la correcta perspectiva de lo que significa ese oficio: ser el árbitro de cuanto sucede en el mundo, mientras en casa la oposición lo ataca sin misericordia. Pierde la mayoría del Senado en 1994 y la recupera en 1998. En el interludio un fiscal especial, Kenneth Starr, republicano, se gasta 70 millones de dólares en una implacable cacería de brujas para demostrar malos manejos financieros en la empresa Whitewater, que nunca son probados, y se salva de un proceso de impeachment en el Senado sobre el caso Lewinsky, sobre el cual ha mentido. Pide excusas y la Nación lo perdona.

Confunde ver al dueño del mundo tratando de llevar a la ley su agenda social, lo cual logra en gran parte, gastando un montón increíble de tiempo en defenderse de una aventura sexual consentida, y en convencer a Arafat y a Israel de ceder en algo en la insoluble cuestión Palestina. Al final un balance de prosperidad y un sentido de liderazgo le granjea la gratitud del pueblo americano. Un epitafio eventual: sus logros, mayores que sus debilidades.

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