El cierre del imperio

El cierre del imperio

Enero 28, 2017 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

Tres ejemplos. España se reservó el mercado de sus colonias en América donde el tránsito de bienes de otros países estaba prohibido, especialmente los esclavos. El famoso sitio de Cartagena fue un episodio más del intento inglés de romper el monopolio español del tráfico de esclavos en el Caribe. Inglaterra por su lado, desató una guerra para obligar a la China a abrir sus mercados y comprar el opio que la Compañía Británica de Indias Orientales importaba de la India. La Doctrina Monroe era desde el punto de vista comercial la declaración oficial de que los mercados de América eran para los norteamericanos. Y así hasta la náusea.Ahora, el mundo al revés. Desde siempre fueron los imperios los que impulsaron la idea del libre cambio, mientras los países cuyos mercados estaban colonizados por las potencias industriales trataban de construir un entable industrial propio basados en el proteccionismo. La expansión del colonialismo industrial, cultural, militar y político durante más tres siglos, desde la primera revolución industrial, no fue otra cosa que la imposición de una superioridad tecnológica en armas y maquinarias sobre los mercados de todo el mundo.Algo ha cambiado gracias a las alianzas comerciales multilaterales y la abolición de las barreras comerciales. Pero, ahora resulta que el nuevo presidente de Estados Unidos de América, la potencia industrial y militar más poderosa que haya existido jamás, cierra sus fronteras con un discurso propio de un país en vías de desarrollo: la pérdida de empleos y mercados a manos de fuerzas externas. Y expone su política comercial frente al mundo: compra norteamericano, negocia norteamericano. Algo que merece decir algunas cosas elementales.Lo primero, no son los demás países la amenaza que supuestamente enfrenta la economía norteamericana, que ha crecido establemente en los últimos años, sino las compañías multinacionales, muchas de ellas de capital norteamericano, que distribuyen sus aparatos productivos alrededor del mundo, buscando mayor rentabilidad, como es su obligación con sus accionistas. Como consecuencia los procesos intensivos en mano de obra o de menor tecnología se han desplazado a países de bajo costo. Esos capitales no tienen nacionalidad.Lo segundo es que todo ese proceso de redistribución internacional del trabajo ha tenido un beneficiario principal: el consumidor norteamericano, con su alta capacidad de compra, que le permite acceder a los mejores productos a los precios más bajos. Aumentar los aranceles para productos hechos fuera de Estados Unidos no solo encarece estos sino los que se hagan internamente. Por ejemplo, cerrar la frontera mexicana a la industria automotriz, va contra toda racionalidad económica puesto que muchas de esas autopartes se fabrican en Estados Unidos.Lo tercero es que la globalización y los tratados multilaterales de comercio que ha generado son un fenómeno irreversible, sobre el cual hay que reconocer que deja mucha gente marginada de sus beneficios en todas partes, porque no tienen la educación para ser asimilada por los nuevos procesos productivos. Pero si se hiciera un balance es el mercado norteamericano, sus empresarios y sus consumidores, los que han llevado la mejor parte.La globalización probablemente sobrevivirá a Trump. Así que su proteccionismo tiene tan poco futuro político como él.

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