El ave negra de Isaacs

Mayo 21, 2011 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

Jorge Isaacs y Gustavo Álvarez son los escritores del Valle del Cauca. Ellos, cada uno en su tiempo y a su manera, lograron recoger en sus páginas la identidad de un pueblo construida al margen de los grandes acontecimientos nacionales, en la intimidad de la provincia. Sólo que Isaacs es la edad de la inocencia y su tierna historia de amor se sucede en medio de los conflictos civiles y políticos de su tiempo, de los cuales fue víctima, ignorándolos; mientras Álvarez narra sus historias cotidianas, lejos del esplendor de las haciendas, en las calles de los pueblos, en medio de la risa y de la sangre. El uno es idílico, el otro crítico. Álvarez es el ave negra de Isaacs. Ambos son el Valle del Cauca.Si se quiere buscar el cuadro más completo de lo que es nuestra vida provinciana, que aún existe y que quizá es el verdadero país colombiano; la pequeña población donde todos se conocen, todos son parientes, no hay secretos y suceden hechos cotidianos que la gente convierte en historias fabulosas o hechos fabulosos que se vuelven el pan de cada día, la referencia obligada es la obra de Gustavo Álvarez Gardeazábal.El conjunto de ese trabajo minucioso de observación, una pequeña Comedia Humana, construye todo un mundo donde los personajes que conforman el imaginario popular adquieren vida propia y acento vallecaucano y, por supuesto, como una marca de fuego de la vida colombiana de los últimos treinta años, la violencia política y el narcotráfico.En las calles de Tuluá largas filas de veladoras encendidas presagian el paso del cortejo fúnebre de El Cóndor, mientras encerrada en sus casas, puertas y ventanas atrancadas, la gente, más aterrorizada ante la muerte de lo que estuvo ante la vida del gran asesino, reza para que sea cierto. Es la imagen más memorable de la violencia colombiana, que resume el temor, el valor y la rebeldía de un pueblo que no se resigna a dejarse matar. Su permanencia en el tiempo y su presencia definitiva en la literatura colombiana hacen de ‘Cóndores no entierran todos los días’, publicada hace 40 años, la gran novela de esa tragedia nacional, que fue una tragedia de provincia, de campos desolados, de guerrilleros acorralados, de huérfanos y desposeídos trashumantes, como ahora. Otros dos libros de Álvarez Gardeazábal resumen la parábola del ascenso y la caída de la mafia en Colombia, que ha sido también una historia de provincias: ‘El Divino’, el joven ambicioso y aventurero que cruza la frontera, vuelve millonario y se convierte en ganadero, benefactor y modelo para otros jóvenes y que en el fondo mantiene intacta su inocencia y sus creencias. El hombre reconocido. Y ‘La resurrección de los malditos’, que es la historia de cómo el negocio del narcotráfico se convierte en mafia y el narcotraficante de los comienzos se convierte en un señor de la guerra, dueño de vidas y haciendas, cabeza absoluta de un reinado de terror. El hombre maldito.Hoy, convertido en un patriarca ermitaño y casi excéntrico, en una esfinge sin secretos porque todo lo cuenta, visitado en una interminable peregrinación de los poderosos como el bobo, otra de sus novelas, le alcanzaron las fuerzas para llegar hasta Buga, a recibir el título de Doctor Honoris causa en Literatura, que la Universidad del Valle se honró en entregarle para celebrar una obra que, por encima de las polémicas que ha suscitado y seguirá suscitando su autor, el tiempo ha colocado en un anda de procesión, que espero no le resulte incómoda.

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