Durero, orfebre

Durero, orfebre

Agosto 23, 2014 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

Lo que hace Alberto Durero en la Alemania de finales del Siglo XV y comienzos del Siglo XVI es transponer de modo genial la riqueza de la técnica de la orfebrería al papel. Entrenado por su padre, quien es un orfebre, la base de su habilidad para el diseño está dada por esta dura disciplina de grabar sobre metal complejas decoraciones. Sin embargo, el grueso de su obra gráfica, que es un novedoso invento hecho posible por la imprenta, está hecha en grabados sobre madera: un oficio minucioso de imprimir el papel con una tabla donde la imagen se ha tallado en la madera de modo que la tinta, que permanece en la superficie no tallada la reproduce. No hizo durante su larga y prolífica carrera más de un centenar de grabados en cobre, pero esas obras casi de orfebrería son lo mejor de su trabajo. El grabado en cobre es una técnica compleja consistente en grabar sobre una lámina de cobre con un buril la imagen invertida que se quiere imprimir. La tinta que llena las líneas entrecruzadas hechas con diferente espesor y profundidad para producir diferentes texturas, reproduce la imagen con tonalidades de asombrosa delicadeza. También hizo algunos grabados con punta seca y aguafuerte, que son variaciones de técnicas del grabado en metal, pero, como la suya era también una empresa comercial, prefería el buril sobre el cobre que le permitía obtener hasta 500 copias de buena calidad de cada plancha. Nadie en la historia del arte ha superado a Durero en la maestría de esa técnica. El resultado de esa proeza es un conjunto de imágenes que resumen el mundo alemán a medio camino entre el Gótico y el Renacimiento.Los paisajes, que son como catedrales góticas formadas por árboles y montañas; las figuras humanas desnudas y los animales, que son acabados estudios anatómicos; la Sagrada Familia, la Virgen, el niño Dios, el Cristo torturado, los ángeles y los santos que alimentan el mercado de la iconografía cristiana y que se parecen tanto a la gente común y corriente, lejos de todo idealismo. Y una aglomeración medieval de objetos y personas que no dejan libre un centímetro cuadrado de las pequeñas maravillas que salían de la imprenta, como si quisiera encerrar en un cercado mínimo a todo un mundo. Así son los grabados de Durero algunos de los cuales, archifamosos, están en la exposición que actualmente presenta la Biblioteca del Banco de la República en Bogotá, pertenecientes a la Colección Dal Bosco. Entre ellos: La Sagrada Familia (1496), La lucha entre Hércules y Caco (1496), El cerdo monstruoso (1496); La Melancolía I (1514), El caballero, la muerte y el diablo (1513).Esas obras que hoy, cinco siglos después, son tesoros inestimables que han sobrevivido contra todo pronóstico dada la fragilidad del papel, fueron hechas con un propósito político y uno comercial. Difundir la fe, las creencias, los valores de la cultura germana y hacer un dinerito. No estaban hechas para perdurar. En el caso de los grabados de Durero, añaden a su belleza incomparable, su apoyo irrestricto a la Reforma Protestante con esa propaganda pertinaz a la fe y a la naturaleza verdaderas, a la gente corriente, por encima de la Roma mundana. Sus grabados de Federico el Sabio, Elector de Sajonia, Melanchton y Erasmo de Rotterdam, soportes políticos e intelectuales de la Reforma así lo demuestran. Hoy, Durero y Lutero, explican por si solos ese mundo tan bello y tan seguro de sí mismo.

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