Dioses grandes y pequeños

Dioses grandes y pequeños

Octubre 20, 2017 - 11:40 p.m. Por: Óscar López Pulecio

En la cuchilla de una montaña, en lo alto de Los Andes, rodeado de precipicios sin fondo y alturas inexpugnables, en un enorme palacio de granito, se rendía culto a los dioses de los Incas. Machu Pichu es a la vez imponente por el extraordinario escenario natural donde se asienta, mezcla de altar y observatorio astronómico: sacerdotes indagando por los designios de la divinidad escritos en los astros, y primitivo por la ingenuidad de su arquitectura, enorme rompecabezas de piedra, hecho hace cinco siglos, hermano de las estructuras del neolítico de hace 5000 años. Más cerca de Stonehenge que de Tenotchtitlan.

Construido en el Siglo XV en el momento más luminoso del imperio de los Incas, que solamente duraría un siglo antes de ser destruido por los conquistadores españoles, fue abandonado y cubierto por la vegetación hasta principios del Siglo XX cuando fue revelado para el mundo por el norteamericano Hiram Binhan, un explorador fantasioso que terminó siendo senador por Connecticut. Los sacerdotes y el Inca desertaron, pero todavía hay en el ambiente la atmósfera mágica que llevó a su creación. Y unos pequeños dioses arrinconados ante el embate del otro mucho más poderoso.

Cusco fue la capital de ese imperio fugaz. Sus ejércitos, su religión, su Estado, sus tradiciones y sus príncipes, aplastados físicamente por un grupo minúsculo de aventureros que ni siquiera sabían adonde habían llegado: toda conquista está basada en una superioridad técnica, un armamento más avanzado, una religión más sofisticada, una estructura de poder más ambiciosa. Sobre las ruinas de los palacios de la nobleza del Cusco se construyeron las mansiones de los recién llegados. Sobre muros de piedra patios enmarcados por columnas renacentistas.

Las casas del nuevo Dios las más esplendorosas de todas. La Catedral de Cusco, tan rica y adornada como la de Sevilla. Cada rincón cubierto por enormes pinturas e imágenes, con ese horror al vacío del Barroco, sus capillas forradas en oro, el altar mayor, un edificio de plata. En el centro el sagrario, donde mora el Altísimo, rodeado de su rica corte de ángeles, santos, profetas, vírgenes, escalonados según su importancia hasta el artesonado. Y en otro costado de la Plaza de Armas presidida por una estatua del Inca derrotado, la iglesia de la Compañía, tan grande como la Catedral. Demostración del poder jesuítico en la Colonia, no menos espléndida, no menos dorada. Una de sus capillas en el extravagante estilo Churigeresco que hace ver austero al Barroco tardío.

¿Cómo hubieran podido vencer los incas, que no tenían escritura ni conocían la rueda, a ese Dios aliado al imperio de Carlos V donde no se ponía el sol, cuando además pensaban que los llegados de allende el mar eran enviado divinos? Pizarro, quien después sería asesinado por los suyos, llega a una tierra dividida por la guerra civil, de la cual se aprovecha para capturar y ejecutar a Atahualpa. La Conquista es una carnicería, los sobrevivientes diezmados por las infecciones europeas, sometidos a la servidumbre. Allá arriba, en las montañas, a la ciudad sagrada de Machu Pichu, abandonada, se la va tragando la selva en un silencio de siglos. Último refugio de unos dioses que han perdido su poder y que apenas se asoman tímidamente en algunos de los ritos de la nueva religión. Abajo en la Plaza de Armas reina un Dios Todopoderoso, que aún hoy sobrecoge.

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