Democracia sin democracia

Septiembre 29, 2012 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

Mucha gente da por sentado que Hugo Chávez, presidente de Venezuela, será reelegido por segunda vez y por seis años más, el próximo 7 de octubre. Pero no porque les parezca maravillosa la idea sino porque lo consideran inevitable. Es que no hay nada más antidemocrático que la posibilidad de una reelección indefinida, puesto que el poder genera sus propios mecanismos para perpetuarse. Es el ejercicio de la democracia desmantelando la democracia: el control de los poderes públicos, la asignación caprichosa de los presupuestos, las pequeñas mezquindades y los grandes abusos, los intereses creados de los validos del poder. Una cierta sensación de que lo público tiene dueño particular, que vuelve innecesario el debate sobre las ideas y convierte el sano principio de la renovación, que es de la esencia de la democracia, en una simple pugna formal de resultados previsibles con quien usa y abusa de todos los hilos del poder. Por fortuna todavía quedan quijotes que desafían esos molinos de viento, que ponen al descubierto las realidades de la administración pública, la corrupción, la perversa inercia de lo seguro, la vulgaridad del populismo, la mediocridad vestida de gala. Henrique Capriles, es una de esas personas, cuya presencia en la campaña electoral venezolana es una corriente de aire fresco. Gana aunque pierda porque ha puesto en evidencia la fragilidad de toda esa millonaria estructura montada para perpetuar algo que se creía extinguido y que no es otra cosa que la clásica figura del dictador latinoamericano dueño de vidas y haciendas. Un fantasma que ha recorrido toda la historia de Venezuela y que su frágil democracia no ha podido acabar. Pero, ¿qué tal que ganara? Sería el acontecimiento político más importante del decenio, porque equivaldría a replantear todo el mapa político del continente. Su primer efecto demoledor, el cese de la ayuda externa de Venezuela a Cuba, que vive de ese oxígeno, cese que ya ha sido anunciado por Capriles, lo cual precipitaría sin remedio el fin del anciano régimen de la isla, que ha durado más que el reinado de Ramsés II, y el anhelado establecimiento de la democracia. Ello para no hablar de Nicaragua, con igual dependencia pero sin los restos de la imagen glamorosa que la revolución cubana de hace 60 años le da a su momificada dirigencia de hoy.En Colombia no podría haber mejor noticia que el cambio de ese vecino incómodo con el que hay que estar en buenos términos a pesar de que conocemos sus intenciones para con nosotros. ¿Y nuestro proceso de paz, que él en apariencia apoya? Pues podría salir favorecido porque tiene una dinámica propia en la cual la negativa de Venezuela a proteger, amparar o simplemente mirar con simpatía la subversión política en Colombia, podría ser de gran ayuda. Y además, el mensaje que ese triunfo enviaría a los gobiernos del mismo corte que quieren perpetuarse en el poder sería fundamental para que en el continente la democracia se volviera un poco más real. El tío Baltasar dice que en Colombia estuvimos a punto de transitar por ese mismo camino y que habla muy bien de la democracia colombiana que hayan existido los mecanismos institucionales para que ello no hubiera sucedido. Y añade que no fue gracias al Poder Legislativo, corrupto y obsecuente, dispuesto a aprobar la reelección indefinida, sino gracias a la rectitud de la Corte Constitucional, que es nuestra mayor garantía democrática. Garantía que en Venezuela tiene ahora la gente en sus manos y que ojalá haga valer.

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