De Gaulle, el traidor

Noviembre 15, 2014 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

Es abril de 1958 y la IV República Francesa se cae a pedazos. Desde Argelia, los generales Salan y Massu, quienes se oponen a la independencia de la colonia, en poder francés desde 1830, lanzan un ultimátum: o Argelia permanece francesa o sus paracaidistas caerán sobre París. Un golpe de Estado. Reclaman como salvador de la República al más ilustre de los franceses vivos: el General Charles de Gaulle, quien hace años espera el llamado de la patria en su casa de Colombey-les-Deux-Églises. El General, con el apoyo de los militares golpistas y el compromiso de mantener una Argelia francesa, resurge de entre sus cenizas. Con ese respaldo se convierte en Primer Ministro, propone cambiar la Constitución de régimen parlamentario, que ha sido un desastre, por un régimen semi-parlamentario donde él tiene poderes absolutos y lo somete a un referéndum que gana abrumadoramente. Así nace la V República, que todavía dura, sobre el prestigio de de Gaulle y las bayonetas de los generales de Argelia.En junio el nuevo Presidente va a Argel y ante una multitud de Pieds-Noirs, los argelinos de origen francés, pronuncia la que será su frase más famosa. “Los he comprendido” (Je vous ai compris), que es la garantía esperada de que Argelia permanecerá francesa. Pero es una decisión que va contra la historia y los hechos. Francia ha salido derrotada de Indochina en 1954 y en 1956 le ha otorgado la independencia a Marruecos y a Túnez. El imperio francés ya no existe. Y la guerra de guerrillas desatada por el FLN, Frente de Liberación Nacional, combatida por el ejército francés regular y el OAS, Organization de l’Armée Sécrète, una contraguerrilla paramilitar, hunden al país en un baño de sangre. De Gaulle, el estadista, entiende que la palabra de de Gaulle, el político, es insostenible y en 1959 anuncia la autodeterminación para Argelia.Una noche, en el Elíseo, recibe en secreto una comisión del FLN. El Presidente de la República reunido con terroristas en el palacio presidencial, sin conocimiento del ejército. De allí nace la delegación que se reunirá en la ciudad de Envian para pactar las condiciones del referéndum sobre la independencia de Argelia, que en 1962 gana abrumadoramente. No sin que antes el General Salan, que ha hecho posible el retorno de de Gaulle al poder, se declare nuevamente en rebelión, sea apresado y termine en la cárcel. Así paga el diablo a quien bien le sirve, dicen muchos. La guerra de independencia argelina produce medio millón de muertos, 27.000 bajas de soldados franceses, 700.000 Pieds- Noirs desplazados, quienes llegan a Francia dejando atrás sus bienes. Es el precio que se paga por lo inevitable: la liquidación del imperio colonial. De Gaulle sigue apostando su futuro político en referéndums hasta el que pierde, luego de las revueltas de 1968. Se retira y se va desvaneciendo como los viejos soldados de la balada, cubierto de gloria. Pero deja una lección útil para quienes califican de traidor al dirigente que comprende que las circunstancias políticas cambian y que las sociedades requieren nuevos propósitos y destinos. ¿No está acaso en situación parecida, cambiando todo lo que haya que cambiar, el Presidente de Colombia, cuando inicia un proceso de paz con los terroristas que combatía como Ministro de Defensa? ¿Es entonces el traidor o el héroe? La historia, como lo hizo con de Gaulle, nos lo dirá.

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