Contracorriente

Mayo 07, 2016 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

La idea de la destrucción creativa pertenece al mundo del arte. El artista genial que desarma el mecanismo perfecto de la técnica establecida y propone una nueva como sustento de su expresión. Destruye para crear y por tanto despierta toda clase de resistencias y desconfianzas. Hasta cuando triunfa y abre nuevos caminos que todo el mundo quiere recorrer. Aplicar esa teoría a alguien a quien la gente percibe como el modelo del orden y la mesura, del racionalismo y la responsabilidad, del respeto por las normas y lo establecido, como es el empresario, es en sí mismo una revolución.Fue lo que hizo Joseph Alois Schumpeter, en la Viena de los años veinte, cuando había que volver a construir al mundo física y moralmente luego de la carnicería de la Primera Guerra Mundial. Schumpeter pasa a la historia porque a la teoría de los ciclos económicos, que determinan períodos más o menos predecibles de auge y depresión, le añade un ingrediente peculiar: afirma que esos ciclos dependen de la innovación de empresarios visionarios, que como todos los demás genios aparecen cuando nadie se los espera, que nadan contra la corriente establecida que garantiza ganancias seguras, y que ejercen un liderazgo irresistible sobre su medio.La historia se trae a cuento porque en el homenaje que la Universidad del Valle le rindió a Manuel Carvajal Sinisterra, con motivo de la celebración del centenario de su nacimiento, el profesor Carlos Dávila, experto en la historia empresarial de Colombia, presentó a Carvajal como el típico empresario descrito por Schumpeter. El hombre que nadó contra la corriente provinciana de su tiempo, que abrió las fronteras de su comarca y su país, que involucró a la comunidad en su trabajo, para quien la innovación en las técnicas de administración y en la actualización tecnológica eran un dogma de fe, y quien logró que muchos de sus contemporáneos se unieran a esa cruzada de revisar lo establecido, de abrir nuevos horizontes, de construir un tejido social y empresarial casi desde sus comienzos. Para Dávila, Manuel Carvajal y Hernán Echavarría son los héroes nacionales de esa exitosa aventura.Tan necesaria ahora como en los años cincuenta, puesto que de nuevo con las innovaciones tecnológicas, se han removido las bases conocidas de la gestión empresarial. Ya el lema en los negocios no es la tradición, que daba tanta respetabilidad, sino la innovación, que es la habilidad de convertir las creaciones de los inventores, en productos y servicios, lo cual es una responsabilidad de los empresarios. En la misma reunión, Bernardo Quintero, actual Presidente de la Organización Carvajal, explicaba las enormes transformaciones ocurridas en ese conglomerado industrial en los últimos años como un ejercicio de innovación, que mantenía el carácter originario de la empresa, lo que se denomina su ‘core business’, que es el manejo de información, sustentado ahora en la más avanzada tecnología. El mismo Manuel Carvajal, fascinado por las innovaciones tecnológicas, hubiera hecho lo mismo. Su principal innovación, sin embargo, haberle dado al oficio de empresario una dimensión social, más allá de los límites de la empresa, pero nacida de su éxito, que es lo que hoy se conoce como Responsabilidad Social Empresarial. Un caso sobresaliente de destrucción creativa, surgido afortunadamente entre nosotros.

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