Con sabor italiano

Con sabor italiano

Marzo 24, 2012 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

Cualquiera puede hacer la lista de las cosas que le parecen más bellas puesto que la belleza está en los ojos del observador. Para elaborarla hay un enorme margen de arbitrariedad, pero también una regla mínima y es que lo que se admire esté hecho con el conocimiento total del oficio que lo produce. Lo demás son balbuceos, desafíos, casualidades. El cine, que es el arte por excelencia de nuestro tiempo, pues vivimos en una era visual y electrónica, lo es en el mismo sentido en que lo son todos los demás: un vehículo para la expresión de los artistas. Un dominio técnico tremendamente complejo que eventualmente produce obras maestras. La hipótesis es que esa maestría tiene un sabor italiano y antiguo.Y va la lista. Empieza con la versión de ‘Romeo y Julieta’ hecha por Franco Zeffirelli en 1968, con su esplendorosa reconstrucción de la Verona del Siglo XVI, la suntuosidad de su vestuario y la juventud de sus protagonistas, unos adolescentes, que le dan a esa obra teatral la frescura que Shakespeare hubiera querido. Una mezcla perfecta del texto inmortal, que resume la mejor tradición del teatro británico y los colores de Italia. Casi enseguida, en 1968, aparece la negación del mundo inocente y trágico de los amantes de Verona, con ‘Los Malditos’, de Luchino Visconti, un aristócrata genial cuyo tema es la decadencia de la burguesía, sofisticado derrumbe que apenas si tapa la podredumbre de sus secretos deseos y su falsa moral. Los Essenbecks son el epítome de la clase superior aria que iba a gobernar al mundo en los años 30. Los más bellos y los más ricos, de estilo impecable, que terminan alimentando la guerra con sus fábricas de armamento y matándose entre ellos, en una orgía de inmoralidad, que la fastuosidad del escenario no hace sino acentuar. Un mundo devorado por la II Guerra Mundial.Y como si le hubiera parecido poco haber descrito sólo la decadencia moral, Luchino Visconti, realiza en 1971 ‘Muerte en Venecia’, sobre la obra de Thomas Mann, que es la saga de la decadencia intelectual. El artista alemán incapaz de crear, que encuentra la belleza total, pura e inalcanzable, en un adolescente polaco en las playas del Lido veneciano. Otra vez la más meticulosa reconstrucción del lujo finisecular, con las más espléndidas imágenes de Venecia que se hayan filmado jamás y el telón de fondo de la peste, que es la muerte. Un mundo devorado por la I Guerra Mundial. Ese mismo año aparece ‘El Jardín de los Finzi Contini’ de Vittorio De Sica, el drama de la rica familia judía que construye un mundo delicado y autista en la Ferrara de tiempos de Mussolini, paraíso privado asfixiado por las cámaras de gas que no pudieron prever en su desapego. La actriz más bella que ha existido, Dominique Sanda, ilumina las escenas de ese jardín que se desvanece en silencio. La lista termina en 1990 con ‘El Cielo Protector’ de Bernardo Bertolucci, filmada en Marruecos, con la luz rojiza y desolada del desierto, que se traga a unos jóvenes norteamericanos bellos, millonarios y ociosos que creían que la vida era una aventura exótica, no un esfuerzo cruel de supervivencia. Zeffirelli, Visconti, De Sica, Bertolucci, ¿qué hay en un nombre? Lo que hay de común en esas obras es la mezcla del gran drama humano, en el más espectacular escenario imaginable, con los colores del Renacimiento, lo cual, dice el tío Baltasar, principal consultor para la elaboración de la lista, podría ser una buena definición del cine como arte, con definitivo sabor italiano, que era lo que se quería demostrar.

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