Caudillos

Caudillos

Febrero 23, 2013 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

Una buena definición de caudillo podría ser: un líder con todos los defectos. Es decir, aquellas personas con la capacidad para comunicarse con las masas, de interpretar sus más profundos deseos y sentimientos, de moverse con sabiduría en los meandros de la política, pero siempre por las razones equivocadas: el nacionalismo, que alimenta las guerras con los vecinos; la religión, que enfrenta a dioses todopoderosos con resultados catastróficos; el paternalismo estatal, que reemplaza la iniciativa individual y pone a las muchedumbres a depender de las dádivas oficiales. De allí que todos los caudillos sean iguales pero los haya de todas las pelambres ideológicas. Stalin en la izquierda, Hitler, Franco y Mussolini en la Derecha, Perón y Chávez en el populismo.La principal consecuencia del caudillismo es que los países creen sinceramente que no pueden vivir sin él, aun en medio de su inevitable final. Las muchedumbres se aferran al discurso del caudillo y a su memoria como a una tabla de salvación, lo acompañan en la derrota y en la muerte, y esperan encontrarlo en la vida eterna. Por eso es muy importante distinguir entre quienes son caudillos y quienes son estadistas, o meros políticos. Una forma de hacerlo es ver el efecto que su presencia produce en el público. El caudillo arrastra las multitudes que se aglomeran para tocarlo como si llevara el Manto Sagrado; como si tuviera, como los reyes Capetos, el poder de curar las escrófulas. Se aglomeran, gritan, se desmayan ante su presencia, mueren aplastados. Los estadistas son como males necesarios, distantes, desprendidos, mirando más allá de lo inmediato y con frecuencia en contradicción con los deseos urgentes del electorado. La gente los respeta y confía en ellos; los teme porque siente que pueden tomar decisiones desagradables, y ni los aman ni los perdonan. Los políticos, por otra parte, son personas que quisieran ser caudillos o estadistas, pero que se consumen en el limbo de la lucha cotidiana por el poder, sin mayores consecuencias.Para no ir muy lejos, Hugo Chávez Frías es un caudillo, con todas sus letras. Aun su final, tan trágico, se ajusta a los patrones del género: manda por interpuesta persona mientras lo aliente un soplo de vida, y después, aunque no para siempre. Su país está en vilo pendiente de su suerte, será llorado como un padre amantísimo y los desastres que ha producido le sobrevivirán por algún tiempo. Álvaro Uribe Vélez en cambio no es un caudillo. Si lo hubiera sido Colombia entera se hubiera levantado cuando un tribunal no elegido por el pueblo como la Corte Constitucional le prohibió ejercer un tercer período, que había sido autorizado nada menos que por el Congreso de la República. Cuando el pueblo no se levantó en manifestaciones callejeras (no hubo ni una) quedó claro que no era el caudillo que algunos creían. Cuando él aceptó el fallo de la Corte, se convirtió momentáneamente en un estadista, que tantos creían que era. Cuando decidió enfrentar de mala manera a su sucesor, de su propio partido, volvió a ser el político controvertido de siempre. Y en esas anda.El tío Baltasar, un pérfido, dice que comprende las vacilaciones de Álvaro Uribe para encabezar una lista para el Congreso con un movimiento nuevo, donde el único que pone votos es él, en una elección donde las clientelas políticas ya están cooptadas, porque le juega a la flaca memoria de la gente y puede irle muy mal. Y añade que otro gallo le cantaría si hubiera sido el caudillo despojado del poder y no un político en trace de desquite.

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