Beatriz

Enero 07, 2012 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

Su mundo ya no era de este mundo. Era un rompecabezas entrañable compuesto por piezas dispersas en el tiempo, que convivían caprichosamente. Las tías López Espinosa, tan ilustres, quienes tanto la quisieron y quienes la educaron a la vieja usanza, entre los restos del naufragio de la fortuna familiar. Su hermana, en los tiempos en que ambas eran colegialas. Nosotros, sus hijos, cuando éramos pequeños e insoportables. Todas esas personas sentadas a la misma mesa, convocadas por las brumas de su memoria, que debíamos aprender a aceptar como compañeros de esos juegos fantásticos, tan reales para ella. ¿Quién podría negar que es de algún modo un privilegio recoger los momentos gratos de la vida, ya en su ocaso, y hacer con ellos el mosaico de nuestros días felices? Aprendemos de los ancianos perdidos en el tiempo, lo mismo que nos enseñan los grandes sabios, y es que el tiempo no es lineal, sino una especie de escalera de caracol en la que cada quien a su antojo conforma su realidad. Un espiral que cauteriza las penas y entrelaza los recuerdos. Pero ella no siempre fue así. Nosotros, sus hijos, la recordamos cuando era tan joven y tan bella, con esa distinción personal que era herencia de los suyos, esa simpatía, esa sencillez, esa discreción y esa elegancia, que fueron madurando con el tiempo. Desempeñando el papel eterno, severo y tierno, de la madre siempre presente, siempre al lado de sus hijos, siempre regocijándose con sus trofeos y curando sus heridas. Defendiendo como una fiera su hogar contra las adversidades de lo cotidiano. Una madre como la de cualquiera, igual de única. Y ese es el recuerdo que nos queda de Beatriz. Y ese fue el mundo que ella, en sus años finales, trató de recuperar para sí, como si el olvido o la confusión fueran instrumentos para obtener ese imposible que es la recuperación del tiempo perdido; un privilegio que nadie le podía disputar.Venía del Tolima Grande, de una casta formada por dos abuelos míticos, que se paseaban por los recuerdos de la infancia y de la historia. Bruno Pulecio, el inmigrante italiano que sentó sus reales en las llanuras tolimenses, y Teodoro López, el hijo del presidente libertador de los esclavos, que fue a refugiarse de sus amarguras políticas y a sembrar su simiente en esos lares. En nuestros viajes por el mundo llevaba un diario, con su caligrafía perfecta, registrando su asombro. Con esa misma letra registraba en sus cuadernos los detalles más nimios de la vida hogareña, sus recetas de cocina, sus tónicos para la eterna juventud de su piel, que conservó siempre. El contenido de esas notas ya no importa, pero esos rasgos inconfundibles quedan grabados en el alma.Llegó aquí de Bogotá, donde transcurrió su juventud y conoció el amor que nos trajo a nosotros, su hijos, a este mundo, y de Popayán, la cuna y el paraíso perdido de nuestra infancia, a una Cali que le recordaba el calor del Tolima, que la acogió siempre, donde colaboró con las causas de los necesitados, en diversos voluntariados, donde abrió su casa y ofreció su amistad a cuantos a ella llegaron. Fue feliz aquí muchos años. Y fuimos felices quienes la quisimos, porque la felicidad no es una explosión de colores, sino un mirarse en el reflejo cotidiano de quien la irradia. Un trabajo simple de aceptación de lo que la vida nos ofrece. Tanta tristeza ante su tumba y tanta gratitud ante su recuerdo. Y esa transparencia de su espíritu y el mío, que la muerte no pudo vencer.

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