Banalidades

Banalidades

Abril 20, 2013 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

Madame Bovary y Anna Karenina son dos almas gemelas víctimas de una combinación mortal: el romanticismo y un matrimonio aburrido. Ambas tienen, sin embargo, esposos perfectos. Hombres buenos, responsables, respetuosos y respetados. Cuando las dos señoras se suicidan, la una en su pequeño pueblo francés agobiada por las deudas contraídas para pagar una vida elegante; la otra, en la Rusia zarista, incapaz de afrontar la situación que ella misma ha creado, de ser la amante pública de un aristócrata mundano por quien ha abandonado su hogar, son los maridos los héroes de la historia. El doctor Bovary y Karenin responden por los hijos, mantienen la dignidad y los recuerdos, se desembarazan de unas mujeres cuyo comportamiento está más allá de su comprensión y sobreviven en una placidez que está muy cercana a la felicidad. La moraleja, si hay alguna, aplicable aún hoy en día, es que no se debe sobrestimar la importancia del sexo en el matrimonio, y que un amante debe ser la última razón para acabarlo.Ni Gustave Flaubert ni León Tolstoi fueron escritores románticos. Todo lo contrario, lo suyo era el realismo y los estragos de la realidad, incluyendo al romanticismo, en la vida cotidiana. Sus novelas sobreviven por las razones equivocadas. Madame Bovary y Anna Karenina, no son historias sobre el amor sino sobre el materialismo. Episodios burgueses infortunados, banales, puesto que las grandes tragedias están reservadas sólo a los más poderosos y a los más pobres.Ese toque de banalidad se adivina en la versión británica de Anna Karenina para el cine dirigida por Joe Wright, con puesta en escena de Tom Stoppard, Keira Knightley como Anna, Jude Law como Karenin y Aaron Johnson como Vronsky. Lo mejor del talento británico para producir algo tan difícil de conseguir como un matrimonio feliz: la mezcla deliciosa de cine y teatro. Casi el nacimiento de un género: el teatro expresado con un lenguaje cinematográfico, o el cine expresado en un lenguaje teatral, según como se quiera. Ello se logra con el toque mágico de Tom Stoppard para hacer montajes teatrales (Rosencrantz y Guildenstern han muerto) y el talento de Wright para hacer películas de época (Orgullo y Perjuicio). El resultado es un viejo teatro de fin del Siglo XIX en el cual los actores entran y salen del escenario donde se representa el drama de Anna, bella e insatisfecha, ignorada por su marido, mayor y estricto, demasiado ocupado en su oficio de alto funcionario del Imperio en San Petersburgo; quien se encuentra con el Conde Vronsky, Joven y apuesto, demasiado ocupado en sus placeres mundanos, para crear un torbellino de sucesos ordinarios, banales, que terminan por destruir al eslabón más débil.Todo ello con el ritmo de una comedia musical. La música de Darío Marianelli, con reminiscencias de vals vienés, estructura la película que se acelera o se detiene a ese ritmo, a través de una cuidadosa coreografía que es la de las pasiones y las indiferencias, la de los amores y los odios, la de la danza y la quietud, la de la vida y la muerte. Alguna crítica internacional ha sido severa con la película, aclamada sobre todo por su vestuario, su montaje y su música. No le perdonan que no refleje la profundidad de los sentimientos que Tolstoi dio a sus personajes, con sus pasiones enfrentadas al deber y a la culpa, y la acusan de banalizar el drama. Pero a Tolstoi, que era un conde, como Vronsky, le hubiera gustado la reconstrucción de ese mundo banal que bailaba su último vals antes de ser arrasado por los bolcheviques.

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