Allende, 40 años

Octubre 05, 2013 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

“Lo que quería era que la burguesía se suicidara felizmente”, dice Edward Korry, embajador de Estados Unidos en Santiago de Chile, durante el gobierno de Salvador Allende, para expresar la inmensa contradicción de la Unidad Popular de tratar de construir una sociedad socialista por medios democráticos. Pero lo que hizo de verdad imposible esa utopía, que entusiasmó a las juventudes latinoamericanas hace 40 años y que terminó un 11 de septiembre de 1973 con el bombardeo al Palacio de La Moneda y el suicidio de Allende, fue la intervención del gobierno de Estados Unidos a través de la CIA, a sus espaldas dice el embajador. El testimonio es la parte más cruda del documental de Patricio Guzmán sobre el ascenso y la caída de Allende, ganador del premio Mejor Documental de Creación Europea en el Festival de Cannes de 2004, que ha vuelto a exhibirse en la televisión francesa con motivo del aniversario. Añade algunas cosas tremendas que vinieron a saberse después: que la CIA financió la campaña de Eduardo Frei en 1964, en la cual derrotó a Allende con el 57% de los votos. Que financió también, a través de la ITT, la de Jorge Alessandri, a quien derrotó Allende en 1970 con el 36,6 % de los votos (apenas una diferencia de 40.000). Que la víspera de la confirmación de Allende por el Congreso, dado que no había obtenido la mayoría absoluta, la CIA orquestó el asesinato del general René Schneider, comandante en Jefe del Ejército, opuesto a la participación política de los militares y un gran obstáculo para los golpistas, en un esfuerzo desesperado por cumplir las órdenes directas de Richard Nixon y Henry Kissinger de impedir la posesión de Allende. Y finalmente, que como esa posesión se realizó por el apoyo de la Democracia Cristiana, que le dio a Allende la mayoría en el Congreso, se siguieron ejecutando las instrucciones de Washington de derrocar al gobierno de la Unidad Popular a cualquier costo, hasta conseguirlo.Lo que Estados Unidos temía era un eje Santiago-La Habana que ampliara la influencia de Moscú en los asuntos latinoamericanos y se convirtiera en un elemento desestabilizador de la región. Allende dio pie para que se generaran esos temores: enemigo declarado de Estados Unidos, amigo de todos los gobiernos comunistas, elegido por una coalición de comunistas y socialistas, anfitrión de Fidel Castro en una larguísima visita. Sin embargo, como lo recuerda en el documental Sergio Vuskovic, amigo de la infancia en su Valparaíso natal, ni era marxista ni era estalinista. Su plan de gobierno no incluía ni la existencia de un partido único ni la dictadura del proletariado. Pero la presencia de Castro y su programa de nacionalizaciones aterró a los dueños del capital y a la clase media. No era su tiempo, ni era la manera. Castro le había dicho a Allende, dice el embajador, que para mantenerse en el poder tenía que destruir al ejército civilista y convertirlo en un aliado suyo. Era una vieja recomendación estalinista, que Allende, demócrata convencido, no siguió. Cuando se produjo el golpe, el ejército tenía los tanques y los aviones, y el pueblo palos y piedras. Cualquiera se imagina que Castro, que es más viejo que el diablo, le debió hacer la misma recomendación a Hugo Chávez muchos años después, con mejores resultados. El experimento terminó con 18 años de dictadura que comenzaron ese mismo 11 de septiembre de 1973 cuando el Presidente ordenó a los pocos amigos que lo rodeaban abandonar La Moneda en fila india, entre el humo de los incendios, y se pegó un tiro.

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