Agua limpia, tierra limpia

Febrero 04, 2012 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

Aire limpio, agua limpia, tierra limpia. Esa es la obsesión del mundo contemporáneo y la prioridad de los países desarrollados, los cuales, valga la verdad, obtuvieron ese desarrollo en buena parte ensuciando el aire, el agua y la tierra. Y a pesar de las presiones de la ciudadanía, continúan haciéndolo en mayor o menor grado. En el mundo en desarrollo, se ha impuesto en teoría y a veces en la legislación, esa misma agenda protectora, pero dado que no puede pagar el costo de la industrialización limpia, contamina todo lo que quiere con la disculpa de que el desarrollo no se puede detener y su creciente población, marginada de ese desarrollo, debe sobrevivir con una fuerza depredadora de la naturaleza que parece incontenible. La depredación ambiental corre por parejo entre nosotros por cuenta del sector moderno y del sector informal. Y no sólo depredación sino algo que se le parece mucho: la intromisión en el medio ambiente de modo que este resulta afectado sin remedio. Si se trata de hacer un resumen de los conceptos de los expertos sobre los estragos invernales de los últimos tiempos en Colombia todos coinciden en una sola cosa: la intensidad de la ola invernal puede ser resultado del calentamiento global, en una proporción que nadie puede determinar; pero los daños a las personas y a sus bienes, son una directa consecuencia de estar donde no deberían haber estado: las márgenes de los ríos, las madreviejas inundables, los jarillones, las laderas deslizables, todo ello agravado por el excesivo encausamiento de las corrientes, la tala indiscriminada y la adecuación improvidente de tierras de cultivo. Es decir, un producto de la improvisación de las políticas públicas y del abuso privado. Y el asunto se ha vuelto de una urgencia absoluta ante la evidencia de los estragos que producen las grandes inundaciones. El Valle del Cauca es doliente principal por los desbordamientos del río Cauca y sus afluentes, y el inminente peligro de buena parte de la población de Cali asentada en sus cercanías. Lejanos parecen los tiempos en que la CVC cambió la estructura productiva de la agroindustria regional al posibilitar su desarrollo, respetando el medio ambiente, dando ejemplo nacional de una iniciativa privada, de interés general, convertida en política pública. Así que si se quisiera volver a encontrar un propósito regional de primer orden que dé sentido a la existencia del Departamento del Valle del Cauca, como entidad política, ese debería ser la recuperación de río Cauca, por su carácter de proyecto integrador de la región. Y para hacerlo hay que devolverle a la CVC, ahora única responsable de la política ambiental del Departamento, el papel que tuvo en el pasado y que estaba basado en una sola y simple cosa: un manejo técnico ajeno a intereses políticos. Ese manejo desapareció en aras de una participación comunitaria mal entendida, producto de las buenas intenciones de la Constitución de 1991 y de la ley, que llevó a la conformación de Consejos Directivos inmanejables técnicamente, presas del ejercicio perverso o pervertido de la política. Se requiere que la nueva ley que va a reglamentar las CAR, lo haga garantizando el criterio técnico de su manejo y que la sociedad civil vallecaucana se vuelque a reclamarlo. Reinventar la CVC ante las nuevas realidades ambientales. El tío Baltasar dice que no cree que haya un asunto más importante si se quiere seguir hablando del País Vallecaucano.

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