¿Y de la gestión de riesgo?

Abril 11, 2017 - 11:55 p.m. Por: Ode Farouk Kattan

Una de las cosas más importantes en la vida es la prevención de los riesgos que constantemente acechan a las gentes, individual o colectivamente, en todas sus actividades y aún en la vida en reposo.

A una persona le puede caer una desgracia, como se decía antiguamente, en cualquier momento, dado que las amenazas, particularmente las de la naturaleza, espontáneas o creadas por desidia, son cosa de todo y cualquier tiempo.

A raíz de episodios de gran daño material y humano como fue el de Armero, que pudo haber sido evitado si se hubiera hecho caso a los geólogos que estudiaron y divulgaron las posibles y probables amenazas que nacían del entorno montañoso y volcánico de los alrededores de tal ciudad, se han estructurado normas que ya son parte de la gestión gubernamental, que se cumplen en muchos departamentos y ciudades con dependencias a veces acuciosas y en otros casos poco diligentes, en algunos casos con profesionalismo y en otros como un puesto público más y, peor, con absoluto desdén, cosa comprobada por varias avalanchas post-Armero que han causado destrucción con pérdida de vidas.

Entre comillas, ya es obligatorio en las empresas, de cualquier actividad, tener y adelantar programas de prevención de riesgos industriales (de trabajo) so pena de sanciones y responsabilidades onerosas.

En el caso de los ríos, hay normas de antigua data que prohíben construir y ocupar con actividades permanentes las riberas de los ríos, con distancias razonables (áreas que no son susceptibles de ser concedidas o vendidas) y con protecciones de contención en caso de cauces susceptibles de variar cuando son alimentados por fuentes a veces torrentosas, cosa fácil de conocer porque ello ocurre periódicamente cuando llueve, y no es secreto para nadie.

Cuando una ciudad está cercana a ríos con caudal de riesgo, que incluye no solamente el agua sino piedras rodantes y árboles, más lo que recoja y empuje (hoy incluyendo contaminantes químicos), es competencia de sus autoridades cuidar su cauce y orillas, no solamente cumpliendo las normas de seguridad, sino también previniendo que la ocupación de sus riberas, amén de guardar las distancias de rigor, no sea utilizada en actividades contaminantes pues los ríos ya no pueden ser cloacas por respeto a su repetido beneficio a lo largo de su recorrido por varias poblaciones, cosa que complementa el factor riesgo con el de sanidad pública.

Una vez que dejemos de llorar a las víctimas, esta vez de Mocoa, fallecidas o sobrevivientes, con su vida afectada por la pérdida de sus familiares o de sus esfuerzos de años, se hace necesario, a la par que proporcionarles ayuda para su recuperación social, reforzar la legislación que, en primer lugar, haga responsables a los gobernantes de la prevención de riesgos; y con ello los dote de las herramientas legales para que las riberas de los ríos no sean invadidas con población y usos indebidos, no solamente por el concepto básico social que tiene el río sino para evitar que se siga muriendo gente por falta de prevención.

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