Prevención de la violencia

Mayo 21, 2012 - 12:00 a.m. Por: Ode Farouk Kattan

La violencia, en sus muchas formas, primitivas o sofisticadas, y proviniendo de los más diversos orígenes, se ha convertido en el principal problema de la sociedad colombiana.Partamos de que la sociedad es un estado de ordenamiento humano en el cual muchas personas se unen alrededor de una causa común para formar una colectividad y desarrollar un propósito de vida, que por esencia debe ser armónico. Así, se rigen por unas leyes y costumbres, y son guiadas por unos gobiernos, estructurados según la territorialidad.Si la sociedad tolera o induce, por falta de normas generales de convivencia, o por la perdida de su ordenamiento estructural y moral, comportamientos agresivos, ya sean activos o reactivos, comienza a enfrentarse entre sí, por desavenencia o delincuencia, y a desmoronarse, con efectos multiplicadores y diversificadores que hoy vemos (guerrilla, paramilitares, bacrim, pandillas juveniles, desadaptados, etc.). Con perversas extensiones como las de los niños de colegio. Que, trágicamente, por la insensibilidad que genera su continuidad sin solución se van volviendo ‘cosa común’, un efecto destructivo para la sociedad.Las deformaciones del comportamiento obedecen en mucho a la falta de gobierno. Pero no de gobierno represivo, sino de gobierno conductor de la sociedad, acompañado por una clase dirigente líder y orientadora, que, utilizando tanto las leyes (que deben ser buenas, porque las malas enredan más las cosas) y el buen ejemplo (flor exótica en nuestro medio), las corrijan.Por regla general, cuando se trata de manejar la violencia la acción se orienta hacia el uso de la fuerza policial y militar, que sirve para manejar las manifestaciones de la disposición humana para pelear, pero que no la curan sino más bien la exacerban. Se olvida que si se quiere que la gente no pelee o delinca, lo primero es restarle la gana para hacerlo. No en vano la Iglesia, por medio de la enseñanza de la contraposición de los pecados capitales y las virtudes que los morigeran, muestra un camino de solución social, sin descartar el uso de la autoridad para aconductar al ‘animal humano’.Pero si una sociedad, su gobierno y su clase dirigente, se alejan de estas enseñanzas universales y comienzan a permitir que haya causales para que alguien agreda a otro o provoque a otro en alguna forma, y no haya o no funcionen los mecanismos de conciliación o de juzgamiento y castigo, la gente “se va a las manos” como se dice folklóricamente (utilizando desde una quijada de burro hasta un AK47) y el problema se generaliza, casi siempre impetrando, el derecho a la legítima defensa.La población de Cali soporta, por su pésima historia de administración pública, una pesada carga de ‘stress’ generadora de, y estado previo, a la explosión de comportamientos agresivos en forma de acción y reacción, que es descrita con un término amorfo e inadecuado: la intolerancia (como si la gente tuviera que aguantar irrespetos y abusos).Ya no cabe en el mundo el manejo social con el cuento de la resignación y la paciencia, ni de tratar cualquier cosa como subversión o terrorismo. (“No mencione al diablo donde no está, porque se siente llamado y va”). Y en Cali tampoco. El hombre piensa como vive, y actúa como piensa. Ello es válido para lo revolucionario como para lo delincuencial.En este escenario las soluciones requieren de trabajo y acierto en el logro del mejor vivir, para el mejor pensar y del mejor actuar. En el estado de cosas que vivimos, ya no funcionan ni el discurso rotativo ni el conjuro.

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