Las tres botellas

Enero 07, 2012 - 12:00 a.m. Por: Ode Farouk Kattan

Terminadas las guerras napoleónicas y restaurado el ‘orden’ monárquico en Europa, alguien preguntando respecto al legado de Napoleón, hizo traer tres botellas: una llena de vino, otra llena de agua, y otra vacía. Y dijo que la de vino representaba los ríos de sangre que habían corrido en batallas y cruentas revueltas, la de agua representaba las lágrimas que se habían vertido como consecuencia de la sangre y la destrucción, y la vacía representaba el ningún resultado de todo el episodio de la Revolución Francesa y del poder de Napoleón, dado que los Borbones habían vuelto a mandar en Francia y España, y las otras monarquías europeas se habían afianzado y continuaba la tiranía de la realeza.Si bien la historia le ha reconocido importantes efectos sociopolíticos a cierto plazo tanto a la Revolución Francesa como a Napoleón, el episodio es frecuentemente citado como ejemplo de la futilidad de las guerras a las que no se les ve soporte para su inicio ni beneficios en sus consecuencias, muchas veces por haberse apartado de sus objetivos.La intervención norteamericana en Iraq es un caso similar al relatado. Esta ofensiva, justificada con mentiras garrafales, cuyas consecuencias se pueden representar en muchas botellas, pues la guerra de diez años (complementaria de otras iniciadas por Sadam Hussein dentro de la continuada guerra sucia del petróleo en la cual Estados Unidos, Inglaterra y Francia son directores de orquesta), ha dejado ríos de sangre, otros ríos de lágrimas, montones de odio, pérdidas de muchos millones de millones de dólares en gasto y destrucción, y una secuela política muy compleja tanto dentro de Iraq como en su entorno, y en los Estados Unidos mismos.Iraq no era ni es una nación. Fue uno de tantos ‘países trazados’, resultado del reparto infame que las potencias ganadoras de la Primera Guerra Mundial hicieron del imperio del sultán Osman (Imperio Otomano, lo llamaron), cuando Turquía fue derrotada por aliarse con Alemania. Las perspectivas de petróleo de buena calidad dirigieron las manos de los negociadores que trazaron las rayas limítrofes, sin ninguna consideración para los genuinos intereses de los pobladores del ‘mapa’ a repartir. Así las cosas, el retiro de Estados Unidos de Iraq, a pesar de los floridos discursos de despedida y cacareos de triunfalismo, no es otra cosa que la repetición del cuento de las tres botellas, hasta que sepamos cuál fue el verdadero beneficio que alguien recibió.No demoran en verse y sentirse los efectos del sacudón que representa para la región el episodio. Lo que no se acomodó a sanos propósitos democrático-culturales en 1918, oportunidad que tuvieron los triunfadores de la primera guerra para realmente organizar naciones y no solamente satisfacer conveniencias propias, ahora va a estallar en aspiraciones étnicas, políticas y económicas represadas (ejemplo: el caso Kurdistán). Estas consecuencias van incuestionablemente a afectar a Estados Unidos en sus designios y manejos sobre la región.Y en Estados Unidos ya se escuchan las recriminaciones de quienes sufrieron la pérdida total o parcial (discapacidades) de sus parientes soldados, entre las cuales se destacan las psicológicas, de repetida ocurrencia en las guerras no comprendidas.La zona de influencia de este episodio de Iraq es un área muy difícil, y Estados Unidos no sabe qué hacer con Afganistán, y ya se le complica la situación con Pakistán, en donde está estancado.Desde hace mucho tiempo, en los albores de la guerra de Vietnam, se le viene aconsejando a Estados Unidos diseñar una política coherente para Asia, acorde con el galope de los caballos de la historia. Es hora de que lo haga.

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