La sanación de Cali

La sanación de Cali

Diciembre 10, 2011 - 12:00 a.m. Por: Ode Farouk Kattan

‘Ad portas’ de un nuevo gobierno municipal dentro del ciclo constitucional que permite la renovación periódica de los gobiernos como oportunidad para verificar y corregir el rumbo social, vale la pena utilizar un pensamiento de Jean Francois Revel: “Las conferencias sobre el Tercer Mundo continuarán condenadas al fracaso mientras sólo se discutan las causas económicas del subdesarrollo y se dejen de lado causas políticas, a veces más determinantes, que se llaman despotismo, incompetencia, despilfarro, rapiña, corrupción. Se comprende que ciertos dirigentes del Tercer Mundo se atengan a las tesis del origen puramente externo del subdesarrollo. Les permite imputar a los desarrollados sus propios fracasos, desviar la atención de su propia incompetencia, de su rapacidad y obtener nuevos créditos para perpetuar su ejercicio”.Esta es una reflexión universal, pero, como dice una enseñanza antigua, “al que le case el guante que se lo chante”, y a Cali le casa muy bien el guante descrito por las palabras de Revel.Si estamos como estamos no es por falta de teoría económica, sino por ausencia de honradez social y administrativa.Sin negar el efecto que ha tenido sobre Cali la numerosa y acelerada migración, que rebasó la capacidad de absorción natural que tiene el crecimiento de la ciudad misma complementada con la capacidad de trabajo de los inmigrantes (mis padres vinieron de lejanas tierras y con otros “nuevos caleños por traslado” fueron parte del crecimiento comercial e industrial de Cali), es imperativo reconocer que la ciudad fue paulatinamente sufriendo una transformación moral perversa que ha destruido la capacidad de creación de patriotismo chico, y ello se ha traducido en malas administraciones colectivas, pues el Gobierno Local ha dejado de ser el conductor de su sociedad, creando un mundo aparte, vulgarmente conocido como el sector público, mientras la sociedad, a veces confundida como sector privado ha perdido su capacidad de reclamar a los gobernantes una administración apropiada a sus necesarios desenvolvimientos en materia de fomento a las actividades generadoras de ingreso para ganarse no solamente la vida, sino la calidad de la vida; así como una buena administración de los recursos fiscales, y planeación adecuada (prever inteligentemente para proveer y proceder, y justo a tiempo), y un control urbano equilibrado que impida la creación de distorsiones y falencias urbanas que corregirlas cuesta mucho más en dinero y en estorbo que evitarlas con oportunas autoridad y disciplina poblacional general y al tenor de un estricto código de ética administrativa, aparentemente inexistente en Cali, o inaplicable por los organismos llamados de control, o peor aún, desdeñado por la población como instrumento de reclamo de los derechos básicos ciudadanos y de exigencia de buen gobierno.Sería insensato negar que parte de la solución de la situación de Cali requiere de recursos financieros externos, pues uno de los diagnósticos más reales de ella es el agotamiento de la capacidad contributiva de su población, por muchas razones que no se pueden soslayar, pues fueron materia de las reuniones con los candidatos. Pero también es insensato pensar en traer dineros, que luego habrá que pagarlos, sin corregir el síndrome del ‘Tonel de las Danaides’ de la mitología griega, que describía un recipiente sin fondo en el que todo lo que se echara se perdía, figura muy repetida en la administración pública caleña.Así, al lado de la ingeniería financiera fiscal hay que agregar un ejercicio de sanación moral y de promoción de la cultura ciudadana: el mutuo respeto entre gobernantes y gobernados.

VER COMENTARIOS
Columnistas