La pelea por las culpas

Noviembre 07, 2015 - 12:00 a.m. Por: Ode Farouk Kattan

Una de las más grandes contradicciones que tiene nuestro llamado proceso de paz es que se está estancando en una pelea (anatema de la paz) por señalar quién tiene la culpa de lo ocurrido y a quién hay que castigar y cómo.Los conflictos armados internos de países y sociedades tienen, por fuerza de sus desenvolvimientos, una de dos salidas: o una facción derrota a la otra y le impone sus términos, justos o no, o las dos facciones se ponen de acuerdo en una salida, acordada más que negociada al conflicto, que no puede ser otra que poniendo fin a las causas del mismo en formas viables de convivencia política y social.El caso de Irlanda del Norte es un ejemplo clásico de cómo actuar. Un conflicto entre católicos y protestantes, nacido de episodios datados de centenares de años atrás, azuzado por clérigos de ambas partes (al punto que algún sarcástico dijo que la solución al conflicto norirlandés era un periodo de ateísmo), causante de muertes innecesarias, cesó cuando la sociedad le puso un ‘tate quieto’ a la beligerancia, comportamiento combustible de cualquier conflicto.A ‘contrario sensu’ el final de la guerra civil de España con la derrota de una de las facciones, la republicana, seguido por el franquismo y la monarquía, no ha realmente ocurrido y reverbera de vez en cuando en un país compuesto por muchos países que sigue teniendo divergencias sin resolver.El conflicto interno colombiano tiene causas propias (la lucha interpartidista por las prebendas del poder -“una pelea por una batea, un agarrón por un bombón” decía antiguo sarcasmo), y causas exógenas como fue la metida que Washington, Moscú y Pekín le hicieron a América Latina en su guerra fría echándole sebo capitalista comunista al candil de nuestro subdesarrollo, para luego dejarnos al garete con la guerra antidrogas.En este ‘maremagnum berracorum’ histórico es muy difícil que ahora cualquier político, empresario, militar, policía, sacerdote, juez, guerrillero, pueda salir a decir que no tiene alguna culpa, por acción, directa o indirecta, u omisión; en menor o mayor proporción, en lo ocurrido, cosa que nos debe llamar a centrarnos en el propósito del proceso de La Habana, que debe tener como objetivo que no haya más muerte ni destrucción física o de modo de vida en Colombia. La culpa colectiva sí nos debe conducir a imponer un castigo a los culpables de semejante tragedia pero los jueces no podemos ser nosotros. No sin volver a empezar el conflicto.

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