Entre dos fuegos

Agosto 02, 2012 - 12:00 a.m. Por: Ode Farouk Kattan

Ante la inhabilidad del Estado para convertir a Colombia en una nación: conglomerado humano que comparte un destino común independientemente de raza, religión, pensamiento político, costumbres, ingreso económico, que le permite a la población manejar las diferencias y conjugar soluciones; nuestra sociedad se ha roto en pedazos que están en conflicto y perjudican el desarrollo económico y cultural con que se construye el tejido social.Nuestros sucesivos gobiernos no han sido capaces de encarrilar las diferencias y los problemas por el camino de la convergencia y la solución, esto ha conducido a la sociedad a comportamientos subversivos y criminales, en una metamorfosis constante hacia lo peor.En este desafiante escenario se ha llamado desde hace años a las Fuerzas Militares a “restaurar el orden”, sin primero definir en qué consiste, privándolas de una meta clara para su planificación y medible para sus resultados, simplemente atacando erráticamente las manifestaciones del desorden, que han evolucionado perversamente mientras, se supone, el Gobierno y la sociedad buscan soluciones a las raíces del conflicto. Esto las ha conducido a adelantar acciones militares en escenarios civiles, corriendo graves riesgos operacionales en cuanto median en el claro-oscuro de la ruptura social, cuyo caso estudio típico es el Cauca.El orden no se ha logrado, dado que, política y socialmente, las partes en conflicto no quieren ceder ni converger hacia el destino común pues les prima el destino particular. Además, el equivocado modelo de desarrollo creó nichos de delincuencia, (contrabando, narcotráfico, corrupción) réplicas de la hidra de la mitología griega, (monstruo de siete cabezas al que Hércules dio muerte). Excepto que la hidra de la realidad colombiana tiene más de siete cabezas, y por cada una que le cortan le salen dos, así no hay Hércules que valga.Como consecuencia el territorio nacional se ha convertido en el campo de batalla de una guerra llamada a veces asimétrica para darle ‘caché’ pero que no es sino una vulgar garrotera por ausencia de Estado, ya que los gobiernos no cumplen su misión de conducir a la sociedad.Duro le toca a los militares actuar en este escenario, mucho más ahora que internacionalmente se estigmatiza este estado de cosas con el apodo de ‘estados fallidos’ y se condena a los gobiernos que usan la fuerza para resolver los asuntos civiles, cosa que se interpreta como ausencia o pérdida de la democracia y del estado de derecho, manto de duda que nos cubre y no podemos evitar con discursos.En concordancia con esta exigencia las Fuerzas Militares responden construyendo esquemas de operación con responsabilidad social, estructurando para sus tropas una ética superior, como dice su actual lema, operando con eficacia y con mesura, con el derecho y el humanismo como brújula. Y lo están demostrando.En su misión de manejo del orden se ven inmersas en un enredo político social que no les corresponde resolver, ni tienen los medios para hacerlo, se ven convertidas en el epicentro de una guerra amorfa, en la cual reciben ‘palo porque sí y palo porque no’, sin análisis militares serios ni exámenes político sociales apropiados.Peor, con su comportamiento y su moral militar analizados a la luz de intereses políticos en desavenencia. Así, el soldado se encuentra entre dos fuegos: el de las balas y explosivos de la guerrilla, por un lado, y por el otro el de la incomprensión de la seriedad y excepcionalidad de la misión militar en el escenario de la ausencia de gobernabilidad nacional.

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