El tratado del mar

Marzo 15, 2013 - 12:00 a.m. Por: Ode Farouk Kattan

Nuestro inmediatismo nos ha distraído de la esencia histórica del problema que vivimos como consecuencia del fallo de la Corte de la Haya, cual es la plena vigencia del Tratado del Mar, que Colombia ayudó a gestar, participó en los debates que le dieron forma, lo tramitó internamente en el el Poder Legilativo, el Congreso, como la Constitución lo exige, siendo luego rubricado por el Poder Ejecutivo, previo paso por el control del Poder Judicial.Cuando, atendiendo un clamor universal las Naciones Unidas acometieron la tarea de crear un Código del Mar, para proveer un mecanismo jurídico que permitiera ponerle fin a los conflictos entre naciones costeras por soberanía sobre la explotación del mar, ya fuera en la pesca como en los derechos de paso para el comercio o por el petróleo submarino, Colombia tenía marcado interés en un aspecto que le era crucial con Venezuela: el punto desde el cual se medirían las aguas territoriales y las zonas de exclusividad para la explotación mercantil.Ello para corregir errores y descuidos del pasado sobre el Golfo de Coquibacoa, que Venezuela llama el Golfo de Venezuela, reflejo de su ambición de sacar a Colombia de la riqueza de su fondo marino. Ya Colombia había cometido la bestialidad de aceptar la entelequia de la ‘costa seca’, una franja de tierra que bordea al golfo entre la Guajira y el mar y nos separa de él, nos quita acceso a él y sus riquezas. No contenta con esta situación, Venezuela quería quitarnos la Guajira como un todo, y tenía designios bélicos para hacerlo, pues había apostado una fuerza militar de blindados lista para hacer una operación relámpago, cosa que hizo crisis, cuando en el gobierno Turbay la corbeta colombiana Caldas estuvo en la puntería de la lancha cohetera Independencia deVenezuela, y solo la firmeza nuestra ayudada por los aviones Mirage, minisubmarinos alemanes y cohetería antitanque evitó una guerra abierta. También otra mala actuación de Colombia le había permitido a Venezuela medir sus aguas territoriales desde Los Monjes, reduciendo las de Colombia. La firma del Tratado del Mar fue así un triunfo para la coyuntura colombiana en lo que llamaríamos el ‘frente venezolano’.Pero en el frente nicaragüense la cosa era distinta. San Andrés, Providencia y los cayos cercanos quedaban, al medir la distancia entre las costas continentales, más cerca de Nicaragua que de Colombia. Entraban allí en juego cláusulas del Tratado que protegían derechos ancestrales, políticos o étnicos poblacionales, y proveían un espacio en el tiempo y mecanismos para conciliarlos, bajo el auspicio de las mismas Naciones Unidas. Con miras a ello, el gobierno colombiano unió a Colombia al llamado grupo de países no alineados para tener otra instancia no interferida por Venezuela, pues ella no era aceptable en tal grupo por tener conflictos con las Guyanas por diferendos sobre el Esequibo.Colombia se confió de la presunta solidez de sus argumentos, y no se movió apropiadamente en este ‘frente’. Ahora continuamos haciendo pendejadas.El gobierno rompe el Pacto de Bogotá como si ese fuera remedio para ‘ojo sacado’, denigrando de los jueces de una Corte ligada a las Naciones Unidas, organización rectora mundial de la cual hace parte y participa en todas sus agencias, y se beneficia de ello, mientras mantiene en el Sinai un batallón del Ejército bajo la bandera de las Naciones Unidas como garante de la autoridad de las Naciones Unidas, y es integrante temporal del Consejo de Seguridad en el cual ha ayudado a tomar decisiones, gústenle o no a los afectados.El único nombre que esto tiene es falta de madurez en un aspecto tan delicado como nuestra relación con el resto del mundo; y visión, pues a él estamos cada vez más integrados y dependientes, especialmente de sus Cortes. Si llegara hipotéticamente a presentarse un episodio bélico con Nicaragua, es a las Naciones Unidas a quien corresponde intervenir.

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