De paros y mingas

Junio 18, 2016 - 12:00 a.m. Por: Ode Farouk Kattan

El común de las gentes, y particularmente las que desarrollan alguna actividad profesional o mercantil, o simplemente viven su vida, sufren en Colombia repetitivamente de un estorbo llamado levantamientos violentos, protagonizados por grupos étnicos en conflicto, o paros generados por grupos gremiales en reclamo por condiciones de trabajo que tienen que ver mucho con reglamentaciones de gobierno.La tendencia natural de la población a condenar el desorden con atropello y exigir orden público al gobierno hace que se rechacen estas manifestaciones, particularmente cuando se realizan rompiendo la funcionalidad general con daños a la cosa pública y privada, tanto en forma física como de consecuencias costosas y desespero social.Por regla general estos episodios se calman con unas reuniones entre los protagonistas y funcionarios del gobierno, y culminan con compromisos para poner fin a las causas de las diferencias causantes del brote. Y casi siempre, queda al descubierto que el paro o pelotera actual no es sino la continuación de los tantos episodios de desorden público que han tenido lugar por la misma causa insoluta entre los mismos contendores y el gobierno, que han llegado al mismo ‘fin’ con promesas, juramentos, firmas y gasto de imagen en noticias con ‘elocuentes’ discursos promeseros de oportunismo politiquero, a la espera de que el problema de base sea olvidado o reviente otra vez.Esto tiene que acabarse y la única manera de que ello ocurra es que la problemática que lo genera tenga verdaderas soluciones de largo plazo y sea tratado con la seriedad que amerita.Teniendo que estar sacando a la Policía y al Ejército para afrontar asuntos que competen al gobierno civil como conductor de la sociedad y de su normal funcionamiento, con severos daños a la economía y al entorno, dando papaya para que el país se paralice y oportunistas del desorden se aprovechen, desacreditan tanto a quienes se van a las vías de hecho como al gobierno mismo, pues lo presenta como incapaz para estructurar soluciones de largo plazo a los problemas nacionales.El problema con los aborígenes, llamados indígenas, data desde la Conquista, la Colonia y la temprana República, al cual la actual República no le ha dado la atención que requiere, sobre todo en un ambiente mundial (Naciones Unidas) para manejar el avasallamiento de poblaciones autóctonas por colonizadores, o poblaciones de etnia negra llevados de su tierra a otra como esclavos. Y mientras no se haga, con la seriedad e integralidad que amerita, va a seguir rebotando con repercusiones cada vez más estridentes.El campesinado colombiano, proveedor del plato de comida poblacional, ha sido abandonado por muchos años y golpeado por políticas agrarias atrasadas, como ya se reconoce por estudios serios.Y algunos gremios, que han sido golpeados por contrastantes políticas burocráticas, caen en la trampa de las vías de hecho ante los rezagos tercos de la imposición no armonizada de nuestro desarrollo, que todavía cree en el túnel del tiempo.

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