Competitividad integral

Abril 25, 2012 - 12:00 a.m. Por: Ode Farouk Kattan

Mucho se dice y escribe sobre lo que hay que hacer para lograr la competitividad que nos abra grandes opciones comerciales cuando los tratados de (dizque) libre comercio nos abran las puertas de mercados externos y le permitan al mercado interno beneficiarse de la amplia oferta mundial, (sin morir en el intento, como dice el sarcasmo popular).El listado es largo y variado, con cada quien fijando las prioridades según su óptica. Que las carreteras, que los puertos, que los aeropuertos, que la academia, etc.La realidad es que la competitividad, como forma de trabajo, es integral y abarca todos los factores que inciden no solamente en la producción y el comercio sino también en el costumbrismo diario.Alguien comparaba, acertadamente, el funcionamiento de un país como el de un reloj mecánico, de esos de pared, que está compuesto por una cantidad de piezas de variado diseño, pero todas concatenadas a una función: ‘Dar’ la hora, y puntualmente.Ello solamente se logra si todas esas piezas, desde la más sofisticada en diseño y función, hasta la más insignificante, como un pasador alrededor del cual gira algo, funciona bien y con el apropiado ajuste. Hay dos que son las regidoras del proceso, que no por serlo minimizan la importancia de las otras: la cuerda y el péndulo. La cuerda, porque provee la fuerza motora del sistema, y el péndulo, porque da el ritmo del tiempo.Así debe funcionar un país: cada componente de su estructura y de su sociedad tiene su papel a desempeñar, y lo tiene que hacer dentro del plan de trabajo del conjunto, sujeto el todo a la armonizada evolución de las cosas, que incuestionablemente se acelerará con el reto de la apertura. Si esto se logra, el país funcionará ‘como un relojito’, dice antigua sentencia.Pero si no es así, el ‘país-reloj’ no dará la hora. Y, consecuentemente, no servirá.Así las cosas es fútil y hasta nocivo que el país se enfrasque en discusiones de prioridades al tenor de intereses creados. (Al Gobierno le gusta hablar de infraestructura, toda y cualquiera, porque ahí es donde están los contratos. A la academia -alta – media y baja- le gusta sobrevalorar el papel de su producto, e igual quienes gustan de pretender ser los ejes del proceso, desdeñando a los otros. Olvidan la antigua sentencia del general romano: “Por la falta de un clavo para la catapulta, se perdió la batalla”, significando que toda y cualquier cosa, por pequeña e insignificante que se considere, es parte decisiva del propósito amplio.Volviendo al papel primordial de la cuerda y del péndulo, la cuerda representa al dinero, que en una sociedad de economía libre es fundamental para la compra y la venta, imposibles sin dinero. Y la producción depende de la compra y de la venta. En toda sociedad que pretenda competir (conseguir que el cliente le compre al productor y al comerciante), el dinero es figurativamente como la cuerda: si se ajusta mal, o se revienta, el reloj se para hasta que le pongan otra, o el reloj anda débil, y se atrasa. Y el péndulo, que ha sido asimilado a la planificación, que es la que fija el ritmo, debe ser el regulador de la cadencia del funcionamiento de la estructura y de la sociedad.La competitividad, así, no puede ser otra que el equilibrado interfuncionamiento de todo el país, y que el Gobierno no pretenda pasar de agache en su adaptación a ese todo, pues ningún factor puede rebasar los parámetros de la competitividad sin hacerla perder. La administración pública colombiana tiene obligatoriamente que reinventarse y redimensionarse, pues a todas luces, con el costo del dinero y otras inequidades (rayanas en iniquidades) de nuestro ‘no funcionamiento’ oficial es la sobrecarga que hunde la competitividad del país.

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