Trump no está loco

Febrero 20, 2017 - 02:32 p.m. Por: Muni Jensen

Un mes de gobierno que parece una eternidad. Las peleas, metidas de pata, contradicciones, renuncias y filtraciones desde la Casa Blanca revelan un gobierno profundamente disfuncional, conducido a trompicones por un líder errático y combativo. Donald Trump se ha enfrentado a las cortes, a los medios, a los países aliados, y a su propio equipo de trabajo. Ha mudado su gobierno a su mansión de Palm Beach los fines de semana mientras los hijos se pasean con sus conflictos de interés a cuestas por la Oficina Oval. Las promesas de campaña están resultando difíciles de cumplir, y las relaciones internacionales parecen a punto de estallar. Nadie se pierde las ruedas de prensa-espectáculo ni los programas nocturnos de humor. La prensa está bajo ataque y la televisión, de fiesta. Las andanzas del presidente showman producen dentro y fuera de Washington una mezcla de pavor, indignación y fascinación, una película loca que nadie se quiere perder. Se habla en voz baja sobre una inminente intervención republicana, de un timonazo de las agencias de seguridad, de una urgente supervisión médica al presidente. Tanto así, que hace unos días, un grupo de 35 siquiatras publicó una carta al editor del New York Times en la que aseguraban que “la grave inestabilidad emocional que demuestran las palabras y los actos del señor Trump lo convierten en incapaz de servir de manera segura como presidente”. No se descarta la necesidad incluso de hacerle pruebas de demencia, ya que no solo es el presidente con más años cumplidos en la historia, sino que tiene antecedentes familiares. Otras voces piden contratar un siquiatra en la Casa Blanca para monitorear regularmente su estado mental.

Es tentador coincidir con esa tesis, más cuando vemos casi a diario en televisión a un presidente desencajado, sin coherencia ni hilo conductor, atacando con frases simples y mal construidas a todo el que se atraviese, denunciando que ha heredado un desastre y que bajo su mando la Casa Blanca funciona como una “máquina bien aceitada”. Su cuadrilla, cuestionada y enfrentada, intenta seguirle el paso. En su partido ya se temen una derrota parlamentaria, y mientras los medios montan otro ‘Watergate’, cada vez más cabezas republicanas lo critican sin temor.

Pero la verdad es que, así como durante la campaña, es fácil equivocarse al intentar enmarcar dentro de un patrón a esta polémica figura. Trump es narcisista sin duda, tiene un gran ego, y su vida cómoda y llena de éxitos lo ha acostumbrado a hacer lo que quiere. Frecuentemente es irracional y poco coherente. Médicamente no cumple los requisitos de una persona clínicamente enferma e intentar retirarlo del poder por esa vía resultaría inútil. Analizarlo con ojo de siquiatra es válido, eso sí, para entender su proceder e intentar hacer algunas predicciones.

El error frecuente cometido por los medios, por los partidos y más que nadie por la propia Hillary durante la campaña, es intentar rotular a Trump. El presidente de Estados Unidos no es Hitler, ni es Berlusconi, ni mucho menos Chávez. No es de derechas, ni particularmente conservador, ni visiblemente racista, ni consistentemente pro-ruso ni fervorosamente antimexicano.

Trump es Trumpista. Nada más. Es una máquina mediática y de mercadeo cuyo estilo de campaña tuvo éxito porque entendió y le vendió un mensaje a un público desatendido. Aunque su desfachatez y su forma intuitiva de tomar decisiones son obstáculos para gobernar y una amenaza para la seguridad nacional, subestimarlo, intentar ponerlo en un cajón, compararlo con dictadores, genocidas, vividores, y militares represivos reduce la perspectiva y la objetividad. Basta con mirar su popularidad de este mes huracanado para entender la desconexión e incompresión: según las últimas encuestas de Gallup, el 40% de los adultos aprueba su gestión y el 60% asegura que cumple sus promesas.

En el mundo hay muchos presidentes más mesurados, y que parecen más cuerdos, que envidiarían esos números. Solo cuando se estudie a fondo a Trump como un fenómeno del mercado mas que de la política, será posible comprender su magia y predecir su rumbo.

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