Restaurantes presidenciales

Restaurantes presidenciales

Marzo 30, 2018 - 11:40 p.m. Por: Muni Jensen

La revista Vanity Fair, que desde un rascacielos en Nueva York cubre la moda, cultura popular y actualidad de los ricos y famosos, declaró a finales de 2016 que el restaurante Trump Grill, de propiedad del presidente de Estados Unidos, tenía la peor comida “de todos los tiempos”. La autora detalla en varias páginas el menú simplón, los platos mediocres, el vino ordinario de marca Trump, y los precios astronómicos de la horrible cena. Es fácil imaginar el resto del restaurante, con inmigrantes mal pagados en la cocina, comensales blancos, fachada dorada y poca innovación. Hasta podría sospecharse que una puerta lateral lleva a algún bar con ‘striptease’.

Y si otros gobernantes tuvieran restaurantes, ¿cómo serían? El de Obama me lo imagino amplio, con una música ‘cool’, un menú diverso y mesas bajas para conversar. En el Barack Restaurant imaginario se sientan personas inteligentes de todos los países a disfrutar una larga tertulia llena de grandes ideas, pero al final, nadie logra decidir lo que van a comer. Por las noches hay jazz y el dueño canta con los músicos y pronuncia largos e inspiradores discursos. Las hijas asisten con amigos. Todos bailan un poco. Y por supuesto, la que maneja el establecimiento es su competente esposa Michelle.

El Restaurante Hillary, en cambio, es impecable pero aburridísimo. Con sillas hechas de material reciclado e iluminado con energía solar, tiene una extensísima carta de tes, jugos de verduras, platos orgánicos, y obviamente no ofrecen postre. Es frecuentado principalmente por mujeres brillantes de cierta edad que piden cambios y sustituciones detalladas para cada plato de la carta. El expresidente Bill se asoma de vez en cuando para tomarse una foto comiendo ensalada, pero en secreto desearía estar en el bar de Trump.

El resto de la lista americana es fácil de imaginar: Un bar de ostras de John F. Kennedy, el salón de barbecue tejano de ambos Bush, y hasta la muy francesa brasserie de Thomas Jefferson. Y muchos restaurantes de carne y pollo frito de los restantes presidentes americanos.

En Europa sobresale el Restaurant Macrón, donde el apuesto Emmanuel recibe de corbata blanca a los invitados, principalmente presidentes europeos, a quienes intenta persuadir de elegirlo a él como líder supremo. Queda en un último piso frente al río Sena, con candelabros de plata, cinco tenedores, y manteles muy pesados. Hay un fotógrafo que registra a su dueño posando en todos los rincones. El de Angela Merkel, un práctico lugar con un guiño gastronómico a alemania del este, se acaba de ampliar para incluir unos nuevos comensales, de izquierda, que nunca antes habían aparecido. El Restaurante Rajoy se encuentra cerrado hasta nueva orden tras unos incidentes incómodos, pero hay rumores de que algunos jóvenes se han trasladado al moderno Bar Rivera. Y en el May Bar de Londres sirven tragos amargos.

En América Latina hay revolcón y remodelación en el sector de comidas. Algunos piensan que se reabrirá en Colombia la Fonda Paisa, pero con un menú menos pesado y regional. No se sabe aún si le cambiarán el nombre. Mientras en Perú, paraíso gastronómico, reciclan rápido una barra japonesa, y en Venezuela del tema ni se habla. En Argentina los extranjeros se apoltronan en una sucursal del Restaurant Macrón, con parecido nombre y similar pretensión. En Brasil perdura el rodizio Da Silva, aunque su dueño no volvió a aparecer, y en Chile el pisco pasó de vasito de barro a copa de fino cristal. Los mexicanos en su taquería cambian de dueño pero no de menú.

La lista es larga. Falta el Xi eterno y el peligroso Jong Un, el dinástico Saudí y el medio ridículo Restaurante Trudeau, que pretende ser indio, tiene clases gratis de yoga ofrecidas por su dueño canadiense que no acaba de convencer. Ya veremos que reseña hipotética publicará Vanity Fair de tan nutrido repertorio gastronómico.

Sigue en Twitter @Muni_Jensen

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