¿Por qué Bruselas?

Abril 02, 2016 - 12:00 a.m. Por: Muni Jensen

Bruselas, la capital de la Unión Europea, se ha convertido en el epicentro occidental del terrorismo islámico. El ataque del 22 de marzo en el aeropuerto y el metro de esa ciudad, que dejó más de 30 muertos y 250 heridos, fue el último capítulo negro de la cruel guerra del Estado Islámico en las capitales de Europa. Pero no fue el primero. Durante los últimos dos años, siete atentados terroristas en Occidente han ocurrido en Bélgica o se han fraguado allí, incluyendo los ataques en París. Bélgica, en el corazón de Europa, con poco más de 11 millones de habitantes, alberga hoy día una temible infraestructura de terrorismo tipo exportación. Según cifras de The Washington Post, 42 personas de cada millón de sus habitantes son terroristas. Es de lejos la tasa más alta del hemisferio. Más de 500 ciudadanos belgas han salido del país en los últimos años para luchar en Iraq y en Siria a nombre del Estado Islámico, cuyo objetivo es crear un califato en Medio Oriente. Se calcula que 120 han regresado a Europa para emprender la lucha desde casa. Hay características que, sumadas, contribuyen a que Bélgica se convierta en terreno abonado para el extremismo islámico. Por un lado está su privilegiada ubicación geográfica y su muy fácil acceso a importantes ciudades como Frankfurt, Amsterdam, París y Berlín, donde los ataques tienen un alto impacto mediático. Además, Bruselas, como sede política de la Unión Europea, reúne en pocos kilómetros cuadrados a importantes targets estratégicos, a la prensa internacional, y a gran parte de la burocracia occidental. Pero Bélgica es un país de varias caras. A pesar de su carácter cosmopolita, la dividen por mitades tanto idiomas como culturas. Bélgica es mitad de los flamencos, mitad de los valones. Mitad holandesa, mitad francesa. Su gobierno es tan inestable que ha llegado a estar 589 días con un poder ejecutivo en veremos. Eso crea debilidades en su fuerza policial, en su sistema judicial y en su capacidad logística y operativa para combatir el crimen.Bruselas, de un millón de habitantes, tiene 19 municipalidades, dos agencias de inteligencia, y seis zonas policiales. Se hablan tres idiomas principales, hay poco sentido de identidad, una enorme burocracia itinerante, y un barrio, Molenbeek, compuesto principalmente de jóvenes musulmanes procedentes del norte de África, afectados por una tasa de desempleo del 50%. Dentro de esta comunidad que se siente perseguida y aislada hay complicidad, ocultamiento de información, y poco apoyo a las investigaciones aniterroristas. Es en este caldo de cultivo donde se ha construido el mayor cuartel de reclutamiento yihadista de Europa y donde se encuentra el eslabón más débil de la lucha contra el terrorismo extremista. Las fronteras de Bélgica son permeables. El país se ha convertido en punto de tránsito del comercio ilegal de armas y en ruta fácil de acceso para jóvenes desempleados, desubicados y sin futuro, que, ante las perspectivas de pobreza y discriminación, se han transformado en potenciales terroristas. Algunas mezquitas radicales de Bruselas han sido identificadas como centros de adoctrinamiento de islamismo radical. Sin embargo, todo apunta a que entre los jóvenes es la falta de esperanza y no necesariamente el fanatismo religioso lo que sirve de incentivo para unirse a la causa extremista. En la mayoría de los casos son el acceso a internet y el tráfico en redes sociales las herramientas más efectivas para planear y efectuar los ataques.A pesar de estos riesgos, hay que tener cuidado en no señalar a Bélgica y a su población musulmana como culpables, más cuando los países del Medio Oriente o algunas zonas de Asia, donde predomina el Islam, han sido las principales víctimas del terrorismo (la semana pasada, por ejemplo, hubo más de 60 muertos, entre ellos varios niños, en un atentado suicida en Pakistán). El simplismo, los prejuicios y el miedo son malos analistas. Los colombianos, que hemos sido víctimas de injustas generalizaciones, debemos ser cuidadosos antes de caer en el estereotipo de calificar a los belgas como culpables, y a los musulmanes como peligrosos terroristas.

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