En defensa del postre

Marzo 05, 2016 - 12:00 a.m. Por: Muni Jensen

No se a qué hora se volvió mal visto comer postre. En un mundo de incertidumbre económica, crisis política, polarización ideológica y mosquitos peligrosos, el postre es un antídoto indispensable contra el pesimismo colectivo y un almíbar para el alma. Desde que en la vieja Mesopotamia y en la India festejaban con miel y con nueces, y tras el descubrimiento de la caña de azúcar en el año 500 a.C., así como del comercio de la caña cristalizada en el Siglo XII, el postre se ha convertido en parte fundamental de la cocina mundial. La excepción son solo algunas partes del África central y oriental, donde no existe la tradición de cerrar la comida con dulce. ¡Adelante el strudel alemán, las cocadas colombianas, el dulce de leche argentino, los brownies americanos y el tiramisú italiano!No hay nada mejor que rematar una comida con un plato dulce. Ojalá con café, un postre sirve de telón de fondo de la buena charla, la amistad y el amor. Pero esta práctica se ha vuelto políticamente incorrecta, y, si alguien se atreve a pedir un plato dulce en un restaurante, los demás se niegan rotundamente a ordenar otro para ellos mismos. En cambio, al llegar el plato, cuchara en mano, se dedican a contar las calorías que tiene, a anunciar visitas inmediatas al gimnasio y a hablar sin parar de cuánto engorda. Todo esto, claro está, mientras prueban con cara de culpables el manjar prohibido. “Me iré trotando a la oficina después de comerme este chocolate”, dicen al terminar cremosos espaguetis de cena, un par de cervezas y una ensalada repleta de aceite de oliva. La conciencia mundial por cuidar la salud a través de la comida sana y el ejercicio frecuente es importante y transformadora. Pero las modas y las tendencias pasajeras, todas con nombres en inglés, como el spinning, el TRX, el ‘power yoga’ y el ‘crossfit’, tienden a transformar a sus adeptos en evangelizadores de cada práctica, en narradores incesantes sobre los méritos de cada una, y en los mayores críticos de quienes no las practican. No hay nada más agotador que oír a un recién convertido al ‘soul cycle’ de sus beneficios y de los muchos centímetros de cintura que ha rebajado desde que empezó. Ya quisieran las religiones tener apóstoles tan dedicados y persistentes. ¿Acaso no hay otros temas para conversar?Ni qué decir de los amantes del ‘detox’, de los batidos de verduras, y las limpiezas del hígado. Nunca antes ha existido una preocupación igual por este órgano que, por lo demás, y salvo que exista una grave enfermedad, tiende a desintoxicarse naturalmente y no gracias a una serie de pastillas, polvos, cremas y suplementos que adelgazan más el bolsillo que los muslos. Pero el respaldo científico no es suficiente para que los creyentes sientan que son, no solo más sanos, sino moralmente superiores al tomarse un jugo, ojalá verde, que quienes se comen, por ejemplo, un alfajor. Estos seres sanos y desintoxicados discuten los méritos de la col verde y del cáñamo y luego se toman un par de whiskies para relajarse después el gimnasio.Si algo se ha perdido en esta carrera de tendencias pasajeras y polvos mágicos, entre los mensajes tenebrosos sobre el fin del mundo (o del hígado) si se consumen azúcar, mantequilla y huevos, es la moderación. El azúcar no es crack, ni la mantequilla va a tapar las arterias en cuestión de horas, ni el huevo dispara el colesterol. Una galleta tiene igual número de calorías que una barra de proteínas, y una pequeña bola de helado produce exponencialmente más felicidad que un enorme plato de agrio yogurt. ¡Adelante el postre, ojalá de chocolate! Porque, como decía Charles Schultz, el inolvidable creador de Snoopy, “todo lo que necesitas es amor; pero un poco de chocolate, de vez en cuando, no hace daño.”

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