El posconflicto de Washington

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Han pasado cuatro madrugadas desde el momento en el que Estados Unidos...

El posconflicto de Washington

Noviembre 12, 2016 - 12:00 a.m. Por: Muni Jensen

Han pasado cuatro madrugadas desde el momento en el que Estados Unidos se puso patas arriba. El impacto del triunfo aplastante de Donald Trump, empresario de casinos, anfitrión de realities, acosador de mujeres, constructor de amenazas, de muros fronterizos y errático desvergonzado, ha invadido a la capital. Ronda una resaca inevitable en este otoño de Washington, una ciudad en su mayoría enamorada de los Obama y de inclinación firmemente demócrata. Hay silencio en el metro, en los salones de belleza, en las reuniones de colegio y en las calles del centro. Los peatones miran hacia el pavimento o se zambullen frenéticamente en sus teléfonos, como esperando un 'tweet' o un mensaje de Facebook que rectifique las noticias. Cuando se encuentran las miradas hay solo breves asentimientos de cabeza, cómplices y mudos. Los periódicos, sumidos en una mezcla de ‘mea culpa’ y narcisismo, inundan las redes y el papel con columnas de análisis, teorías, miradas de retrovisor, y desmenuzan las cifras demográficas de votación -que cuántas mujeres, que cuántos hispanos, los números de votantes blancos con y sin universidad-. Teorizan sobre el plan económico que viene y el presunto gabinete de blancos que mandará. Tras un año denunciando, burlándose, encuestando y construyendo algoritmos y editoriales para explicar, y en ocasiones contrarrestar la ola Trump, hoy deben analizar no solo el triunfo de Trump, sino el fracaso en el pronóstico. En vano, 50 de los 100 diarios de Estados Unidos le dieron su apoyo a Hillary Clinton, mientras que solo uno (no vamos a contar el diario del temible movimiento supremacista Ku Klux Klan) respaldó al ganador. Podrían encuadernarse libros enteros con columnas de opinión y hasta notas activistas impulsando a la candidata demócrata. De nada sirvieron. Se desvanece la influencia de la prensa en las decisiones de los votantes.En las capitales las protestas de los perdedores se vuelven violentas, y terminan por reforzar el mensaje de los que triunfaron, aquel que afirma que en la izquierda no se puede confiar. Los demócratas, tan unidos en la expectativa de victoria, se desmoronaron y enfrentaron en la derrota, mientras que el partido de Lincoln y de Reagan, al cual muchos sentenciaron de muerte, empieza a coser sus heridas y cierra filas alrededor de un candidato que no representa ninguno de sus supuestos valores: Trump es proteccionista, antiglobalización y amoral. Sin embargo tuvo una histórica votación entre los religiosos, evangélicos, católicos y mormones, los mismos que se arropan en la Biblia, y en la defensa de la moral. La familia tradicional americana, cumplida en la iglesia los domingos, el martes votó por un hombre casado tres veces, la última con una modelo porno, infiel, y tan irrespetuoso de las minorías como de las reglas mínimas de conducta. Resulta particularmente incomprensible el entusiasmo de las mujeres; las hispanas que votaron más por Trump que por el moderado Romney en 2012, las cristianas que se negaron, detrás de privada urna de votación, a castigar al candidato que convirtió al machismo en bandera de campaña.Pero amanece y en la calle rodeada de hojas de colores vuelven las sonrisas aguadas y la resignación, el sol se asoma entre los monumentos blancos de los Padres Fundadores. Al fondo suenan las sirenas de la caravana de Trump camino a la Casa Blanca para una incómoda reunión de empalme. Se encienden las cámaras para la foto que se toman Obama y su sucesor, como dos niños regañados, para mostrarle a las bolsas de valores y a las televisiones mundiales que en Estados Unidos la Presidencia es más importante que sus ocupantes. Michelle toma té con Melania, los lobbistas republicanos alistan maletas para sus jugosos puestos en la Casa Blanca, el Capitolio se viste de rojo, el partido ganador. Hasta los líderes mundiales, tan críticos y estupefactos, mandan amables cartas de felicitación. La vida sigue en la capital, se prenden las luces de Navidad en el barrio de Georgetown y en los supermercados venden pavos congelados para la fiesta de Acción de Gracias. Hay un intento absurdo de regresar a la normalidad. Y nadie, ni en la calle ni en las columnas de opinión se acuerda de Hillary Clinton.Sigue en Twitter @Muni_Jensen

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