Carta a Isabella

Carta a Isabella

Noviembre 10, 2017 - 11:40 p.m. Por: Muni Jensen

Últimamente, en la misma mesa redonda de la cocina donde discutimos temas tan importantes como las fiestas del fin de semana, las calificaciones de geometría, la política mundial, el último disco de Taylor Swift, y los resultados del fútbol de liga, surge casi a diario la discusión sobre el acoso sexual. El tema no muere, y no es para menos. Es que la avalancha de denuncias no para. Resulta fácil odiarlos a todos: a Harvey Weinstein, célebre director de cine, acusado por docenas de actrices de ofrecer fama y estrellato a cambio de masajes y sexo; a Kevin Spacey, el siniestro Frank Underwood de la serie House of Cards que acosaba a jóvenes de la edad de tu hermano. Ya parece poca cosa la conducta del famosísimo comediante Bill Cosby, que drogaba a las mujeres para luego violarlas; el Hollywood progresista americano, enamorado de Obama y adoptado con sus millones por el Partido Demócrata, con esa agenda seudo incluyente, resultó tan corrupta como sus contrapartes conservadores. Es particularmente difícil no sentir furia hacia todos los que deciden guardar silencio, a la cultura de encubrimiento, a los cómplices y a los que se ríen. Aquí lo difícil es sacar lecciones, a tus casi 16 años, sobre cómo navegar un mundo en el que las mujeres y los niños son las más grandes víctimas.

En tu ciudad de Washington, cuna de lo peor y lo mejor de la democracia americana, la discusión de hoy se centra en un caso particularmente preocupante: las denuncias contra Roy Moore, candidato republicano por Alabama al Senado de Estados Unidos, señalado por acosar sexualmente a una niña de 14 años, cuando él tenía 30. Esta acusación ha dividido súbitamente al Partido Republicano entre los moderados, que piden se retire de la campaña, y los trumpistas ultraconservadores, tantas veces arropados en la bandera de la moral, que lo defienden y atribuyen los hechos a una conspiración partidista. Cabe recordar que personaje más destellante de ese bando, el propio Trump, tiene un prontuario numeroso de mujeres que lo acusan de indecencia y acoso. Pero quizás lo más vergonzoso de esta historia que es el reflejo turbio de un partido fracturado, donde la discusión moral es una ficha macabra de un juego de egos. Casi todos, eso sí, de hombres blancos de derecha.

Sabemos ya que el abuso no tiene partido ni ideología. Sería fácil concluir que todos los hombres son iguales: los sacerdotes pederastas, médicos olímpicos, entrenadores deportivos, jefes de los Scouts, dueños de empresas, altos funcionarios de gobierno y a todos los que se aprovechan de mujeres jóvenes y niños. Que los que están en el poder sienten derecho a subordinar, manosear, proponer y chantajear. Hemos aprendido estas semanas que estos no son hechos aislados, y que el ‘sistema’ los permite.

Es tentador advertir a las hijas, sobrinas, colegas y amigas sobre los peligros de los hombres, su perversión general, su carácter incorregible. Decirles que no confíen en nadie, que se cuiden a muerte de sus jefes, amigos, entrenadores, y doctores. Pero eso no es cierto, y así no se puede vivir.

No es fácil aconsejarte, más allá de empujarte a denunciar siempre conductas indebidas. Pero además quisiera asegurarte que encontrarás hombres buenos, respetuosos, jefes serios que respetarán siempre tu talento, consejeros espirituales dedicados, colegas divertidos que no te harán avances después de tomarse un vino, entrenadores comprometidos con desarrollar atletas sobresalientes, y algunos políticos serios sin doble moral. Que es indispensable estar alerta, ahora y siempre, para rechazar y denunciar lo que sientas incorrecto, pero que no es necesario ser paranoica, ni evitar tener amigos de todas las edades. Quisiera poder prometerte que más allá de tu estatura y aspecto tan llamativo, en el colegio, en el trabajo y en el deporte, van a valorar ante todo tu dedicación, tu particular intuición y tu feroz inteligencia.

Sigue en Twitter @Muni_Jensen

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