Padre

Junio 21, 2014 - 12:00 a.m. Por: Miky Calero

Soy huérfano hace más de 40 años; tenía 15 años cuando mi padre Alfonso Calero Jovane murió. Cuando eso sucedió me encontraba en el peor momento de mi vida, muy confundido y rebelde, no entendía la sociedad donde crecía. La hipocresía, la doble moral y la mezquindad hicieron que me volcara hacia la drogas y buscara en el hipismo respuestas a tantas inquietudes. En su lecho de muerte le tocó ver a su hijo menor con el pelo más largo que el de sus hijas. Fueron sus últimos momentos de mucho sufrimiento y remordimiento sin entender qué había hecho mal. Lo recuerdo mucho y puedo visualizar sus ojos de deseperanza. En ese momento no podía ver todo lo que él hizo por mí.Ahora acercándome casi a la edad que él tenía al morir, son muchas las cosas de las cuales solo tengo agradecimientos, porque la mejor parte de mi persona actual se las debo a él. Un ser de una generosidad, de alma gigantesca, un hombre absolutamente cariñoso y querendón, leal con sus amigos y empleados, visionario y creador, gran empresario con la virtud de compartir sus logros con la gente que lo rodeaba.El Dr. Calero se graduó como ingeniero civil en la prestigiosa universidad M.I.T. de Boston y desde que volvió al país entregó todo su conocimiento a el desarrollo de la región. Participó en el trazado de la carretera a Pasto y la pavimentación de la vía de Cali hacia Popayán. Desde su empresa Motores S.A. ayudó a construir mucha de la infraestructura de la industria cañicultora del Valle del Cauca. Siempre tenía en el bolsillo de su camisa una pequeña libreta donde apuntaba todos los negocios que se le ocurrían, tanto que sus amigos por la mañana lo llamaban para consultarle sus próximos movimientos para que los llevara en ellos.Pero de lo que más me recuerdo de él, mi padre, Don Alfonso, era su trato con las personas menos favorecidas, siempre fue justo y amplio especialmente con las personas más necesitadas, su generosidad era abundante, de mis recuerdos de niño que más aprecio es cuando llenábamos su camioneta ‘pikup’ de regalos para repartirlos a los niños de la escuela de Dapa donde tenía su finca amada. Allí en ese momento era totalmente feliz, nada era para él más gratificante.Crecí en medio de una sociedad racista, pero de él aprendí mi amor por todas las razas. Recuerdo a Illera su amado ‘negro’ incondicional que todavía iba a trabajar descalzo. Se amaban y hasta su muerte, la de Illerita, mi padre lo amo.Así que padre aprovecho esta columna para agradecerte, fuiste grande, te llevo en el corazón, te recuerdo como el ser que personificó la generosidad. Gracias Papá.

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