Habitante de la calle

Agosto 07, 2017 - 11:45 p.m. Por: Miky Calero

Caminando hacia mi casa en la montaña, por la subida a Arboleda, a la altura de la estatua de Sebastián de Belálcazar divisé a una persona convulsionando tirada en medio del asfalto. Me acerqué y comprobé que era un joven de habitante de la calle. Mi pensamiento inicial fue, este man está drogado, pero me incliné y al ver su cara rayándose contra el pavimento, su boca baboseando y sus manos torcidas, comprendí que tenía un ataque de epilepsia. Le hablé insistentemente hasta que reaccionó y poco a poco empezó a contestar mis preguntas. Los carros pasaban y la gente miraba despectivamente porque se encontraba extremadamente sucio. Cuando por fin pudo hablar me confirmó que era epilepsia, la padecía desde niño y que solamente la controlaba con una droga. Me dijo su nombre (ya no lo recuerdo), y me explicó que no había podido comprarla porque en el Hospital San Juan de Dios le costaba 16 mil pesos mientras que en otras droguerías eran 80 mil pesos.

Extendí mi mano para ayudarlo a salir de en medio de la vía, me rehusó porque diciendo que estaba sucio, cosa que no me importó y lo ayudé a llegar al andén. Pasó una persona que también se interesó en ayudar y fue a llamar a los policías que permanecen en la estatua. En pocos minutos llegaron y les pregunté que cómo podían ayudar, a lo que respondieron que en nada pues el Estado no hace nada por estas personas. Uno de los agentes le preguntó que si las ambulancias lo recogerían, él permaneció callado y se le escaparon las lágrimas. Nos contó que nadie lo haría porque en el ataque perdía el control de sus esfínteres y nadie lo tocaría. Se me arrugó el corazón y sentí mucha impotencia.

Finalmente, cuando ya se pudo incorporar pidió permiso a la Policía si podía bajar por la estatua para llegar al San Juan de Dios.

Lo acompañé un tramo, nos fuimos charlando y me contó que salió de Bienestar Familiar a los 18 años. Nunca supo quienes fueron sus padres y que hacía 4 años vivía en la calle. Era de Bogotá. Me pidió que le diera algo para reciclar (nunca me pidió plata) y así reuniría para comprar el remedio. Le di para comprarlo y me despedí apretando su mano, como todo ser humano se merece. Debí haberlo abrazado, tenía una mirada muy tierna.

Más adelante divisé a Cristo Rey con sus manos extendidas. Me cuestioné, cómo Dios permitía estas cosas, nunca lo he entendido. Tampoco comparto el argumento de que cada persona tiene lo que se merece, muchos, la gran mayoría no tiene oportunidades. Es triste que el Estado sea indiferente y no tenga políticas claras para atender a los habitantes de calle enfermos. Aplaudo la labor del Padre José en la Fundación Samaritanos de la Calle que sí trabaja mitigando en lo que puede, la pobreza de muchos.

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