Crónicas de mar

Crónicas de mar

Septiembre 04, 2017 - 11:45 p.m. Por: Miky Calero

Hace poco tuvimos el privilegio con unos parceros de embarcarnos en un velero desde Cartagena hasta las islas panameñas de San Blas. Los casi dos días que toma la travesía desde el Puerto hasta la primera isla sin ver tierra, en movimiento permanente y acompañados de delfines, es una experiencia que hace ver las cosas con otra perspectiva. Se da uno cuenta de lo pequeños que somos en un universo infinito, el sonido del bote desplazándose por las olas es un silencio que reconstruye el alma, tiempo sosegado con la mar. El turno de vigía en las noche donde uno está solo con la oscuridad del mar mientras los otros duermen son momentos de romanticismo con el agua y la vida que hay en ella.

Existen personas valientes que viven literalmente en el mar, en embarcaciones de todo tipo, motonaves, veleros, catamaranes. En cada isla que fondeábamos conocíamos viajeros, mochileros que cruzan desde Colombia a Panamá o viceversa para continuar su travesía, llenos de sueños y de vida. Veleros acondicionados para llevar entre 10 a 15 personas, capitanes jóvenes llenos de aventuras y experiencias compartidas, velas de todo tipo, muchas de ellas. Los indios Cunas, habitantes ancestrales de esas islas, reciben a visitantes con su magia y su cultura, canoas llenas de ‘molas’ y pescado fresco. En las islas en el día se juegan interminables partidos de voleibol de arena y en las noches se comparte una cerveza o un porro a la luz de las fogatas, se habla en inglés, holandés, hebreo, árabe, finlandés o en español, buena musiquita, suave sin perreo. Al otro día todos levantamos anclas y proseguimos para otra de las 360 islas a conocer más mundo.

Dentro de las muchas historias de gente en el camino, estaba la de una familia argentina: papá, mamá y tres pequeños hijos, que venía desde Ushuaia en la Patagonia, durante 5 meses cruzaron en un pequeño velero de 40 pies el Pacífico y después de atravesar el Canal disfrutaban de las cálidas aguas del Caribe. Otra familia de igual número de miembros venía desde Finlandia atravesando el gran Atlántico, año y medio. Un parcero de las calles de Medellín que logró dejar los malabares y cambiarlos por capitanear su propia embarcación que con unos ahorros y donaciones logró comprar por mil quinientos dólares y con sus propias manos dignas de experimentado malabarista, ponerlo a navegar y cambiar su negocio en los semáforos de la urbe por el placer de trasportar soñadores.

Llegando, ya de regreso fondeamos en Cholón, Islas del Rosario, antes de entrar a Cartagena donde nos recibieron ostentosos yates llenos de ruido y niñas dejándose manosear por borrachos al son del reguetón y la champeta, ¡qué contraste! Ya en el muelle, entregamos nuestras dos bolsas de basura de 10 días en la mar, mientras de los yates bajaban toneladas de basura, de verdad qué contraste.

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