Amado Pance

Diciembre 18, 2010 - 12:00 a.m. Por: Miky Calero

Cuando yo era ‘pelao’ soñaba con ser Tarzán. Cuando crecí como adolescente seguía soñando con ser Tarzán, pero con Jane. Cuando veía las selvas del África en esas películas, inmediatamente pensaba en nuestro río Pance. Allí los sueños de ser explorador, aventurero y temerario se hacían realidad. En la adolescencia era nuestro lugar de escape. Éramos la ‘temible’ gallada de Santarra. Los viernes llegábamos del colegio y “pa’ Pance papá”, con sólo un par de latas de sardinas, y una de leche condensada, emprendíamos el viaje para regresar el domingo sin que en nuestras casas notaran nuestra ausencia; eran otros tiempos, digo yo. Llegar era toda una odisea: coger el Crema y Rojo hasta ‘Santa Pedrada’ y allí esperar la chiva que muchas veces no llegaba sino hasta más arribita de la San Buenaventura, a la tienda de don Ovidio donde ‘tanqueábamos’ empanadas y boje con papa salada. Luego “eche pa’ arriba” a pie por entre el bosque y las piedras del río, disfrutando en el camino de cada charco de agua transparente. Cuando se crecía y se ponía indomable, lo desafiábamos cruzándolo. Éramos unos expertos en entenderlo... Ya de adulto por un tiempo me fui a estudiar y trabajar fuera del país, nunca dejando de soñar con mi amado río; me visualizaba metido dentro de sus templadas aguas llenas de vida y salud, tanto que me hizo volver y aquí estoy ahora escribiendo sobre él. Desde esos tiempos muchas cosas han cambiado: construcciones a lado y lado que no respetan los 30 metros que la ley exige; toneladas de cemento y hierro como si eso fuera bonito; los parlantes con la música de carrilera y las rancheras que no incitan a nada distinto que al despecho y la violencia. No les estamos enseñando a nuestro hijos a disfrutar de los sonidos hermosos de la naturaleza. Los ‘vivos’ sacando las piedras del río para comercializarlas cambiando su cauce natural que más tarde volverá a reclamar, ocasionando tragedias que a los muy cínicos ni les importan. Tristemente con la venia de políticos ineptos y entidades gubernamentales burocratizadas y corruptas que no hacen nada para proteger nuestro más preciado bien: el agua que corre por nuestros ríos. El Parque Natural de los Farallones, decretado así por la Nación, donde nace este ‘papacito’ también está siendo deforestado a un ritmo voraz. Cómo será que en su límite por el Pato, arriba del pueblo de Pance, ni siquiera hay una garita para impedir el paso de los camiones que entran para bajar la madera. ¿Qué nos está pasando? ¿Por qué hemos llegado a tanta locura? ¿Ya no amamos la vida? ¿Hasta dónde vamos a llegar?Cali es una ciudad privilegiada en el Planeta. Tiene siete ríos que la cruzan: Pance, Lili, Meléndez, Cañaveralejo, Cali, Aguacatal, Dapa y uno que lo bordea: el majestuoso río Cauca. Recuperemos nuestros ríos y volvamos a ser “Cali, la ciudad de las aguas”.

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