Uno en un millón

Uno en un millón

Enero 25, 2012 - 12:00 a.m. Por: Melba Escobar

Hace unos días me encontré con un joven afrocolombiano llamado Roger Mina. Creció en la comuna 6, en el barrio Petecuy de Cali, cuyo nombre aparece en las noticias por sus problemas de orden público. No conoció a su papá, pues murió prestando servicio en la Policía cuando Roger había vivido apenas dos meses. Tiene dos hermanos, también varones. Su mamá es auxiliar de enfermería. Cuenta que en su colegio sus compañeros hacían cola para comprar ‘perico’ en el recreo. Muchos se quedaron colgados al vicio. Muchas tuvieron bebés antes de sacar la cédula. Algunos se volvieron criminales, otros están desempleados, unos más sufren trastornos mentales y los menos tienen un trabajo mal pago e inestable o ingresaron a la Policía. Para quienes hemos tenido el privilegio de nacer en ‘la otra ciudad’, donde los servicios públicos están garantizados, donde podemos pagar la renta y llegar a la casa sin temor a morir en el intento, este retrato puede parecer tan ajeno que nos resulte incomprensible. Hace un tiempo escuché a alguien decir: “Los pobres son pobres porque quieren”. Pensé que esa es una idea perversa, pero ampliamente difundida. ¿Por qué nos cuesta tanto trabajo ponernos en los zapatos de los demás? ¿Qué haría uno si hubiese nacido en condiciones de pobreza? ¿Si sus hijos pasaran hambre? ¿Si lo desalojaran de su vivienda? Bien lo dice el historiador Tony Judt: la desigualdad es corrosiva. Fomenta sentimientos de superioridad en quienes tienen más y de inferioridad en quienes tienen menos, promueve el odio, los prejuicios, la delincuencia y la corrupción. Roger obtuvo el Icfes más alto de ambas jornadas en su colegio sorprendiendo a sus compañeros, pues fue un estudiante clandestino para “ahorrarse problemas”. Después obtuvo un título de Ingeniería Mecánica en la Universidad del Valle y se graduó con honores. En 2009, se ganó una Beca Colciencias para hacer un doctorado en la Universidad Estatal de Pennsylvania, en donde se encuentra actualmente. El título que adelanta es en Políticas y Gerencia de Minas y Energía. Le va bien y seguramente le irá mejor. Podríamos decir que Roger está al otro lado. El mismo lo dice: “Yo me salvé”. Tristemente, su historia es la de uno en un millón. En un país con el segundo puesto en desigualdad en América Latina, donde sólo nos supera Haití, los jóvenes más pobres están más excluidos, entre más ‘prosperidad’ llueve para unos pocos. Este es el aumento de la brecha. Cada vez estamos más lejos unos de otros. Lejos de la universidad por falta de recursos, de cupos, de interés, de garantías de empleo después de haber hecho un esfuerzo monumental. ¿Qué se ha hecho mal para que a los 18 años la vida ya parezca demasiado larga y triste? ¿Por qué alguien estudia en secreto, como si se tratase de una actividad delictiva? Cuando la riqueza tiene el estatus de celebridad, todos quieren ser ricos. Y célebres. Sin embargo, para quienes viven en situación de exclusión y pobreza, no parece haber salidas para tener una vida mejor. La universidad tampoco aparece como una opción viable. No me cabe duda que Roger Mina va a vivir bien. En ‘la otra ciudad’, donde tenemos los servicios y el bienestar. Pero, ¿cómo abrir caminos para que otros jóvenes puedan “salvarse de la pobreza”? Mientras no se resuelva esa pregunta, el caso de Roger seguirá siendo el de uno en un millón.

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