Tercer y primer mundo

Octubre 03, 2012 - 12:00 a.m. Por: Melba Escobar

Hace unos días conocí la iniciativa de Red Unidos para la Superación de la Pobreza Extrema. El programa que está a cargo de Samuel Azout, trabaja con un millón y medio de familias y aspira a sacar o ‘graduar’ a 350 mil de la pobreza extrema durante este cuatrienio. Para conseguirlo, estas definen sus metas prioritarias y van trazando un plan para alcanzar logros que incluyen desde documentos de identificación, hasta ingresos, educación, vivienda y acceso a la Justicia, entre otros. Sin embargo, alcanzar la mayoría de las metas es casi un imposible. La precariedad del empleo, las deficiencias del sistema de salud, la mediocridad del sistema educativo, la escasez de vivienda, la falta de acceso a la Justicia, hacen que para quienes viven en situación de miseria en Colombia, alcanzar metas como “los niños y los jóvenes estamos estudiando”, o bien “al menos uno de los adultos en la familia tiene trabajo remunerado o recibe algún tipo de ingreso”, parezca un sueño. En la localidad San Cristóbal Sur de Bogotá, un desplazado, su esposa y sus dos hijas viven en un cuarto sin ventanas. Él tenía su tierra, incluso estuvo cerca de ser alcalde de su municipio. Ahora su vida se viene abajo, pues si tuvo empleo como constructor, ya no lo tiene. Quizá porque se ve débil, o porque hay tantos en su situación. Pagan $110 mil de arriendo sin servicios y Familias en Acción les pasa $250 mil al mes. ¿Cómo viven cuatro personas con menos de $140 mil pesos mensuales? Por lo pronto, Red Unidos busca apoyar a la familia para que las niñas no abandonen la escuela, para que el padre no se deje desmoronar, para que no se mueran de hambre. Me pregunto cuál ha sido el delito que han cometido para vivir así. Su único pecado es la mala suerte de haber nacido en un país que no es capaz de garantizar los derechos fundamentales a toda su población. Cualquiera de nosotros podría ser él. Pero no lo somos. Tenemos agua potable, vivienda, alimentación, acceso a buena educación, internet de banda ancha, trabajo y un buen servicio de salud. Vivir en el primer mundo o en el tercero no puede seguir siendo cuestión de “suerte”. En Colombia, según en qué barrio se nace, en qué ubicación geográfica, se define si se es pobre, rico o clase media. Ahora que la economía está creciendo es el momento de actuar: el 0,6% de la población concentra una quinta parte de la riqueza de la Nación. Y el 50% de los subsidios los recibe el 20% de los colombianos más ricos. Programas como el de la Red Unidos deberían ser una prioridad para la empresa privada. Por el contrario, si la reforma tributaria va a repercutir en la generación de empleo formal, bienvenida sea. Colombia no sólo tiene una de las tasas de empleo informal más altas de la región, sino también una de las mayores de desempleo. En Estados Unidos los impuestos van del 22% al 30%, en Inglaterra son del 40% y en Suiza pueden alcanzar el 50%. Los impuestos en Colombia representan tan sólo entre el 5 y el 7% del patrimonio y aún así, la evasión alcanza los 20 billones de pesos anuales. Habrá quien diga que “para qué pagar si todo se lo roban”; lo cierto es que quienes evaden impuestos, están robándose la plata del Estado, pues ese dinero no les pertenece. Es hora de que quienes podamos hacer algo, por mínimo que sea, lo hagamos. El país no puede seguir constituido por un primer mundo indolente y un tercer mundo que para muchos sólo existe en las encuestas.

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