Sin rasgos particulares

Febrero 01, 2017 - 12:00 a.m. Por: Melba Escobar

Me había prometido no volver a malgastar mi tiempo viendo un reinado de belleza. Sin embargo, cuando el domingo pasado me dijeron que Colombia era una de las tres finalistas, prendí el televisor. La más bonita me pareció Haití y la menos tonta Francia. Todo esto lo pensé en unos diez minutos, el tiempo que les tomó decir cosas más o menos ininteligibles y torpemente convenientes con liberales y conservadores, creyentes y agnósticos, izquierda y derecha, norte y sur. La señorita Colombia olvidó mencionar la paz en una respuesta sobre Colombia y no supo decir un error que hubiera cometido en su vida. Recordé las pruebas Pisa y lo mal que nos va. Sentí un poquito de vergüenza ajena y la encontré bellísima, pensé enseguida en cuánto dinero se puede facturar por verse como ella se ve y en cuánto, de hecho, va a dejar de ganar por no haber conquistado la corona. Pero cuando noté su desconcierto, su palpable frustración por no haber ganado, recordé que más allá de las sonrisas es un concurso feroz, y me pregunté cómo es que en pleno Siglo XXI seguimos jugando a ese juego infantil y mezquino que reafirma el virulento apetito de los varones hacia las hembras más apetecibles de la manada. Pensé en Melania Trump, la mujer de quien fuera el dueño de Miss Universo por tantos años, y la vi de golpe igual a todas ellas, hermosa, rígida, con la expresión infranqueable de una muñeca anónima que lo mismo podría llamarse Melania, Andrea o Iris, porque lo único que podemos ver a través de una cara que tarda hora y media diaria en maquillarse es una fachada. Las reinas no tienen nombre. Su trabajo es borrarse, desaparecer, diluirse en un ideal de medidas preestablecidas, largas cabelleras, peso y actitudes estándar. Nadie nunca las ve, quizá por eso a la hora de hablar son tan erráticas, nerviosas y frágiles. Intuyen que la palabra esconde algo de verdad, incluso para develar la mentira. Siempre me pregunto por qué nos gusta una mujer que no conocemos, de quien no sabemos sus gustos, creencias, obsesiones o manías. Miss Universo escapa de las definiciones reduccionistas usualmente ligadas a un rasgo de personalidad: la cantaletosa, la payasa, la nerd, la santurrona, la sapa, la guerrerita, y así. En todo caso, las mujeres somos con frecuencia y con apabullante facilidad calificadas, reducidas a un adjetivo, tal como hice yo en esos primeros minutos del final de la transmisión del concurso: “la boba”, “la asustada”, “la más bonita del mundo”. Miss Universo reafirma esa idea generalizada de que la mujer debe gustar, agradar, no contradecir, importunar o destacarse por cualquier atributo más allá del físico. Si nunca hemos visto una reina hacer un chiste, insultar, morderse las uñas, fumar o emborracharse, es porque esto tampoco se les permite. Está en el contrato. Los temas de los que pueden hablar han sido restringidos por el concurso, tanto como el peso y las medidas que deben tener. Así, esta suma de características físicas y conductuales hacen la mujer perfecta, y la feminidad correcta pasa a ser algo tan concreto y normativo como la fórmula del ácido sulfúrico. Antes podía ver este certamen con burlona condescendencia, pero ahora estoy convencida del daño que hace. Esta mañana mi hija de cuatro años me soltó de golpe: “Cuando grande quiero ser princesa y reina”. “¿Para qué mi amor?” le dije conteniendo un ataque de pánico, “Pues para que me quieran, mamá”, respondió, “para que me quieran de verdad”. Sigue en Twitter @melbaes

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