Reinvención del mundo

Reinvención del mundo

Diciembre 28, 2011 - 12:00 a.m. Por: Melba Escobar

Por estos días en los que estrenar está de moda, cuando tenis brillantes de blancura desfilan por los parques, junto a triciclos, bicicletas, sudaderas y hasta mascotas nuevas, recuerda uno esa tendencia cada vez más global a preferir lo recién adquirido sobre lo viejo, sin importar cuáles son las características de uno y otro. Algo similar suele ocurrir con las políticas públicas, planes y programas de las administraciones nacionales, departamentales y locales. Nos parece normal que los gobernantes al posesionarse descarten lo hecho, cambien a los equipos y replanteen el presupuesto sin tomarse el tiempo de conocer la labor que se hacía previamente.A menudo, la premisa es la negación del trabajo realizado por el equipo saliente. “Vamos a cambiar”, dicen los que llegan. Pero a cambiar qué y a cambiar por qué, son preguntas que no suelen responderse a profundidad antes de tomar decisiones. En el sector público, la fiebre de reinventarse el mundo tiene lugar cada cuatro años. Los nuevos gobernantes llegan llenos de ideas renovadoras. Hasta ahí, todo muy bien. Los pesares comienzan cuando quienes se instalan en los despachos quieren recorrer caminos que ya han sido recorridos, sin escuchar las experiencias previas, sin recoger las lecciones aprendidas y sin que haya una verdadera transmisión del conocimiento. Así como el manto de Penélope, que se tejía en la noche para destejerse en el día, parecemos condenados a una cadena de errores y desaciertos que se repiten en el tiempo, generación tras generación, como en una maldición macondiana de la que no tenemos escapatoria. ¿Cómo contar con instituciones sólidas y políticas maduras y acertadas si cada cuatro años quienes llegan desean cambiar el papel, la tinta y el contenido? Para los 1.102 nuevos alcaldes y 32 gobernadores que a partir del primero de enero entran a ejercer sus cargos a lo largo y ancho de Colombia, debería ser tan importante evaluar lo que está arrojando buenos resultados, como detectar fracasos y carencias. De igual manera esa reflexión aplica para el caso de asambleas departamentales, concejos municipales y ediles. Esa costumbre nuestra de delegar en los funcionarios con nombre propio las esperanzas de cambio que tenemos, más que en las instituciones y políticas, ha causado daños evidentes. Para la muestra Bogotá, que con alcaldes como Antanas Mockus, Enrique Peñalosa y Lucho Garzón, dio un salto a la modernidad con megaobras ejemplares que han sido inspiración de proyectos urbanos a nivel internacional. Pero bastó un mal inquilino en el Palacio Liévano para mandarlo todo al traste. Eso no quiere decir que no puedan existir buenos y malos alcaldes o gobernadores, pero no todo puede depender exclusivamente de ellos. Si contásemos con unas instituciones más fuertes, capaces de recoger una memoria y planear sobre ella, no habría tantas equivocaciones. Tristemente, la culpa no es solo de los que llegan, con frecuencia desposeídos de toda humildad, a hacer sus propios trazados sin mirar planos anteriores. También es de los que están adentro ejecutando el presupuesto y trazándose metas a tres o a cuatro años sin pensar en un antes o un después. Para decirlo claramente, el próximo primero de enero no es el primer día de la creación. Es sí el comienzo de una nueva administración, donde ojalá los mandatarios construyan sobre lo existente y dejen un registro para la memoria colectiva e institucional del país.

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