Perder es cuestión de método

Julio 22, 2015 - 12:00 a.m. Por: Melba Escobar

En ciertas zonas del Pacífico y la Orinoquía es evidente un estado de desesperanza, una angustia que raya en la locura al ver como la historia de miles de colombianos se repite una y otra vez con distintos personajes, pero sin variaciones sobre el libreto. En el Cauca, Putumayo, Caquetá, Nariño o Catatumbo, donde se concentran cerca del 80% de los cultivos de coca del territorio nacional, paradójicamente, la percepción es que la gente suele creer menos en el proceso de paz. En los departamentos donde lo ilegal es el sustento de miles de familias. ¿Se espera que dejen el negocio de la droga solo porque la guerrilla ya no va a pertenecer a una estructura llamada las Farc? La guerra no va a terminar mientras subsista el negocio que la sostiene. En los últimos años, la producción de cocaína aumentó un 52% en el país. Pero antes de salir a buscar más glifosato, ¿no sería más lógico parar a pensar qué estamos haciendo mal? “No esperes resultados diferentes si sigues haciendo lo mismo”, dijo Albert Einstein. En Colombia llevamos décadas haciendo lo mismo. Luchando con las armas para acabar una guerra que hemos perdido. Mientras deambulaba por una Buenaventura sitiada por la violencia, se me ocurrió imaginarme que estos territorios donde la guerra es una herida en carne viva, algún día, pudieran vivir la legalización de la droga. Supuse quizá ingenuamente que eso les llevaría de forma progresiva pero segura hacia la prosperidad. Al menos, es otra mirada distinta al problema que claramente no está mejorando. Urge buscar otra aproximación, pues la actual evidentemente no está funcionando. A menudo me confunde esta relación con los Estados Unidos donde ellos deciden cuál debe ser nuestra política antidrogas, pero al final piden nuestros narcotraficantes en extradición, para que luego de cumplir condena se queden en Estados Unidos, ellos y sus fortunas que entran a engrosar el tesoro nacional. Esto sin mencionar, que es la drogodependencia del Norte, así como la prohibición de la droga por parte de los mismos, lo que nos ha sumido en una guerra interminable. Pero estos hechos tan evidentes, que se caen de su peso y suenan a lugar común, pasan por nuestras narices sin que nadie diga o haga nada. O si, nuestra ‘venganza’ resulta infantil, casi tierna, pues nos vamos lanza en ristre contra Donald Trump, entre otros divertimentos como indignarnos con una reina de belleza por lo que dice o deja de decir, sofismas de distracción para no ver que la relación con Estados Unidos ha sido siempre la de amo y esclavo, una injusticia que nosotros perpetuamos al continuar en una obediencia bobalicona, a pesar del fracaso evidente de la política antidrogas. Solamente entre 2001 y 2013, el país ha perdido 290.000 hectáreas de bosque por cuenta de los cultivos ilícitos y su agresiva erradicación. En 16 de los 59 parques nacionales naturales, hay cultivos de coca, con un aumento del 45% de las áreas destinadas a este fin. El glifosato ha acabado con cultivos legales por igual y ha traído enfermedades a las comunidades campesinas. Pero eso nos suena a discurso mamerto, porque preferimos la comodidad de no cambiar nada que sea realmente estructural, o quizá, nos hemos acostumbrado a perder y sabemos que el método para no ganar es justamente sostener la estrategia que hemos llevado hasta ahora. Por el camino que vamos, seguiremos fracasando con total éxito.

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