Paz y marketing

Junio 10, 2015 - 12:00 a.m. Por: Melba Escobar

Prende uno el televisor y aparece el Ministro de Defensa haciendo su rendición de cuentas. Abre uno el periódico y está la Ministra de Educación explicando por qué hay que educar para la paz; oigo la radio y está hablando la directora del Icbf sobre la petición a la guerrilla de liberar a menores de edad del conflicto; ojeo una revista y veo al Ministro de Salud, o al de Minas, o a Humberto de la Calle, o a la Canciller, que por cierto, fue enviada a La Habana, aunque no sabemos muy bien a qué.Es innegable que el Gobierno tiene en el tema de la negociación con las Farc un contundente respaldo por parte de los medios de comunicación. Y eso está bien. Al final de cuentas, la paz es un proyecto de todos y formar a una opinión pública con herramientas para apoyarla es fundamental. Pero otra cosa muy distinta es irle cerrando el micrófono o haciéndole ‘matoneo’ a quienes opinan distinto, se formulan preguntas sobre el proceso o tienen otro punto de vista.En días pasados se cuestionó a algunas directivas de RCN por su postura de oposición conectándolas con el uribismo. Más allá de si esto es verídico o no lo es, mi pregunta es ¿por qué no se puede cuestionar el proceso de paz? ¿Ahora es incorrecto ser antigobiernista? ¿Tienen que llenarse los medios solamente de fuentes oficiales? ¿Y la famosa neutralidad? ¿Y la libertad de expresión? ¿Y la divergencia de opiniones?Para algunos, el noticiero de RCN, mientras estuvo Rodrigo Pardo al mando, se volvió oficialista. Entonces nadie protestaba, pero cuando cambia la dirección y se cuestionan las negociaciones, empiezan los señalamientos. ¿No es posible -como dijo al aire un empresario la semana pasada en la W radio- tener dudas sobre la posibilidad de concretar el tormentoso tema de justicia transicional, o preguntarse cuánto tiempo más va durar sin que un periodista salte a reclamar su “falta de apoyo al proceso”?Es tal la dedicación al ‘marketing’ de la paz, tanta la insistencia en su discurso, a menudo frívolo y superfluo, que empieza a generar una cierta apatía. ¿No podemos admitir que los diálogos están en un punto muerto? Sí, nunca se había llegado tan lejos, pero también es cierto que este es un proyecto de país y de Estado, no de un gobierno, y no de Juan Manuel Santos, quien parece a menudo demasiado ansioso por llevarse los créditos. Cuanto quisiera uno creer que él y sus funcionarios están realmente detrás de una paz duradera, más allá de un discurso, de un eslogan o un protagonismo.En días pasados, la Casa de Nariño le reclamó al gremio azucarero su falta de apoyo activo a los diálogos. Lo hizo justamente mientras se está discutiendo la posibilidad de tomar una decisión que afectaría directamente el precio del azúcar. No digo que el Presidente quiera cobrarle algo al sector, pero siempre quedan las dudas.El caso es que Santos que ahora se fue de viaje a Europa (¿A hablar de la paz?) no es Winston Churchill, y tampoco vemos a alguien de las Farc que represente al pueblo, que nos haga sentir un deseo genuino de reconciliación, que se muestre dispuesta a reparar a las víctimas y a pagar por sus culpas.Todos tenemos que poner algo de nuestra parte por conseguir la paz. Pero quienes primero tienen que demostrar su compromiso con los diálogos son los líderes guerrilleros y los dirigentes colombianos. Lo que nos hace falta son menos palomitas blancas y más trabajo; menos frases hechas y más rigor en la gestión del Gobierno, y menos retórica y más compromisos concretos por parte de la guerrilla.

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